Denuncia Alfonso Guerra en su libro “La España en la que creo”, un excelente, clarificador y necesario ensayo en defensa de la Constitución que “la reiterada apelación al diálogo con los golpistas nacionalistas esconde una clara incompetencia, la negativa a comprometerse con una solución difícil pero necesaria para salvar la democracia”. Unas palabras dirigidas a Pedro Sánchez y a su ¿gobierno?, con los que el que fuera vicesecretario general del PSOE y vicepresidente del Gobierno ni se identifica ni comparte planteamientos ni estrategias.
Una falta de compromiso con la democracia y el Estado de Derecho que no sólo pone Sánchez de manifiesto en su deriva con Cataluña, sino que forma parte de toda su gestión de gobierno y para todos los asuntos y conflictos que afectan a la ciudadanía en general y a la estabilidad del sistema de libertades en particular.
Porque esa es, y ha sido, también su actitud en relación con el latente conflicto del taxi en el que su ministro Ábalos se ha lavado las manos cual Pilatos traspasando el problema a las Comunidades Autónomas y a las administraciones locales, cuando el taxi es un servicio de implantación nacional y cuando la regulación de las VTC y del propio sector del taxi debe ser una norma para todo el Estado.
Ciego, sordo y sobre todo mudo se ha puesto también Pedro Sánchez para negarse a explicar en el Parlamento sus negociaciones con el presidente títere de la Generalidad de Cataluña y aclarar su tesis doctoral sobre la que no se han disipado las sospechas de plagio. Una “espantada” que supone una falta de respeto al Poder Legislativo y un incumplimiento de la obligación de rendir cuentas ante la representación popular a la que obliga el ejercicio democrático en un sistema parlamentario como el nuestro.
Y también de perfil se ha situado el Gobierno en relación con la grave crisis de Venezuela, actuando a remolque de la Unión Europea cuando España, por sus estrechas relaciones históricas, afectivas y económicas con el país iberoamericano debiera haber liderado la respuesta europea y ser el primero en reconocer a Juan Guaidó como presidente interino hasta la celebración de unas elecciones libres y con todas las garantías democráticas. Dar plazos con condiciones que sabemos no se van a cumplir es sólo dar aire a un Tirano Banderas como Maduro para seguir oprimiendo y empobreciendo al pueblo venezolano y enquistar un conflicto que cuanto más se alargue más posibilidades tiene de acabar en un derramamiento de sangre.
Por cierto que en esta cuestión vuelven a ser definitorias las palabras de Alfonso Guerra, nada sospechoso por cierto, cuando afirma en su ya citado libro que “un partido como el socialista, con siglo y medio luchando por la libertad y la igualdad calle, ante la legitimación de un sistema corrupto y antidemocrático, se hace difícil de entender”.
Y estos son sólo algunos botones que sirven de muestra de lo que es el compromiso de con España, con los españoles y con la democracia de un Presidente de un Gobierno que ya empezó mintiendo su mandato al anunciar durante la moción de censura que convocaría elecciones de inmediato y que ahora, en plena “guerra” del taxi, teniendo pendiente la demanda de explicaciones en el Congreso, en el fragor de una negociación de Presupuestos y en vísperas del juicio a los golpistas catalanes se va de gira por América Latina abandonando el puesto de mando que le corresponde. Pero el es así, y los suyos se lo consienten e, incluso, hasta le aplauden. “País”, que diría el añorado Forges.
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