Los presupuestos y las trampas de las películas de chinos

30/01/2019

Hernando F. Calleja.

Los impuestos son una cosa muy seria. Si lo sabremos los que somos contribuyentes netos. Los gobiernos deberían tratar con la misma seriedad todo lo que se refiere a la agenda fiscal y, muy especialmente a los experimentos. Si algo no deben de tener los impuestos es un carácter de oportunidad, que está en contradicción flagrante con una de las virtudes de un buen sistema fiscal, que es la estabilidad.

Los políticos que gobiernan, se obsesionan con las previsiones macro y microeconómicas, juegan con sus magnitudes y, a partir de ellas, hacen presupuestos tallados en piedra. Y con letal cotidianidad, ignoran que también las familias y las empresas tienen derecho a prevenir su futuro a corto, medio y largo plazo, hacer sus cábalas sobre ahorros y gastos y también hacer sus presupuestos, mejor a lápiz, porque siempre puede venir un gobierno a alterar lo que tan cuidadosamente ha planeado.

Cuando un gobierno como el de Sánchez el presupuesto, primero establece en el pedernal los gastos y luego busca en todos los rincones la manera de cubrirlos. O sea, al contrario que las familias y las empresas. Claro, un gobierno como el de Sánchez siempre dispone de recursos, subir los impuestos, endeudarse o preferiblemente las dos cosas. El Banco de España y la Airef coinciden en que, como dijo el impecable Carlos Solchaga, “los presupuestos tienen más trampas que una película de chinos”.

Y hay trampas toscas, como las del ilusionista del Teatro Chino de Manolita Cheng, como inventarse los años de once meses o de trece meses, a conveniencia, para liquidar los impuestos. Esta práctica la puso en marcha el primer gobierno socialista, presidido por Felipe González, que endosó 220.000 millones de pesetas de gastos al ejercicio anterior. Debe ser lo único en lo que Sánchez sigue el ejemplo de González.

Hay trampas más sutiles, pero que afectan groseramente a la vida económica y, especialmente, a las actividades de futuro en España. Un ejemplo palmario es el Impuesto sobre Determinados Servicios Digitales, (un hallazgo literario el nombre, al tratarse de servicios indeterminados, ya que pueden acabar afectando a Airbnb, Amazon o Amadeus). Se dice que la agenda digital española lleva años de retraso, que hablando de tecnología se convierten en decenios, y se establecen impuestos a las actividades que, de facto, acortan esa brecha digital.

Ni por mientes quisiera que se interpretara que patrocino trato fiscal más benévolo a sectores o empresas de tal o cual sector, los polos de desarrollo y la planificación son de otro siglo. De lo que hablo es de no cebarse en lo que tira de la economía, porque otros sectores se quedan en la obsolescencia y, por lo tanto, son menos productivos para Hacienda. Los impuestos, ya lo he dicho, deben ser estables, y también neutrales.

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