Íñigo Errejón y el efecto espejo en Podemos

02/02/2019

Alfredo Álvarez Álvarez.

Sorprende enormemente la coincidencia de reacciones entre la cúpula de Podemos y algunos medios de comunicación conservadores calificando de traición el movimiento de Íñigo Errejón al sumarse a la plataforma Más Madrid de Manuela Carmena. Convendría aclarar que este efecto pasmo que ha provocado en la dirección de Podemos -con algunas reacciones un tanto lacrimógenas- solo se explicaría si el supuesto díscolo dijera por primera vez cosas de las que viene hablando desde hace varios años y que le valieron, por ejemplo, su defenestración en lo que se ha denominado Vistalegre II.

Errejón ha hecho algo mucho más sencillo que un acto de traición y, por ello, más difícil de digerir por quienes rigen los destinos del partido, ha mostrado un enorme espejo en el que pueden verse reflejadas, de forma descarnada, las contradicciones más brutales en las que han incurrido el secretario general y sus acólitos. Hagamos un breve repaso, sin pretensión de exhaustividad, a) la pérdida de transversalidad con la que nació Podemos; no olvidemos que el movimiento se inicia con el 15M desde una perspectiva que pretendía superar el eje izquierda-derecha; b) la no presentación al electorado de una idea de España que pueda ilusionar por igual a asturianos, extremeños, valencianos…, es decir, a todo el país; c) el hiperliderazgo de Pablo Iglesias y su sistema de purgas, que ha hecho desaparecer del mapa valores potentes para el partido, como Carolina Bescansa, Luis Alegre y otros militantes de carácter más anónimo, por causa de lo que se ha entendido como una simple pugna por el poder; d) la pésima gestión del tema de Cataluña, pretendiendo ir con tirios y troyanos al mismo tiempo; e) la casa de Galapagar y la deplorable gestión hecha por Iglesias, pidiendo permiso para comprarla nada menos que a su propia militancia, cuando se entiende que el líder toma sus propias decisiones y las asume, como hacen los mayores de edad; f) la huida de varios concejales del ayuntamiento de Madrid, huida cuya importancia ha ignorado (o fingido que lo hacía) la dirección de Podemos. Pero que seis concejales del primer ayuntamiento de España (Rita Maestre y otros) hayan preferido ser expulsados del partido a condición de integrarse en el Más Madrid de Carmena no es un tema baladí. Cuando la pulsión por irse de un partido es más fuerte que la de integrarse en él, es que algo va muy mal y no estoy seguro de que esta circunstancia haya merecido la atención necesaria. Por eso, puede afirmarse que el verdadero golpe a Podemos se lo han dado esos seis concejales junto con Carmena; g) la negativa de Iglesias a apoyar la investidura de Pedro Sánchez en 2016, que pesará como una losa en la historia de Podemos, y h) el carácter autoritario del secretario general y de su guardia pretoriana, que no han sabido integrar a sus (valiosos) oponentes optando casi siempre por laminarlos y, con ello, perder un inestimable capital humano.

A estas contradicciones se podrían sin duda añadir otras, de un calado incierto, como el hecho de la condición bicéfala de la dirección del partido, con una pareja al frente. Dando por hecho que cualquiera puede dedicar su vida a la actividad que prefiera, con plena libertad e independencia, algunos ejemplos que nos proporciona la historia no son el mejor espejo en el que mirarse. Así tenemos a Perón e Isabelita, sin ir más lejos, o, ahora mismo, Daniel Ortega y Rosario Murillo, en Nicaragua. Resulta difícil valorar en qué medida esta circunstancia puede influir en el voto, pero no deja de ser sorprendente que dos personas vinculadas tan estrechamente ocupen las máximas responsabilidades. Y no porque sean pareja necesariamente; lo mismo podría pensarse de un progenitor y su hijo o hija, o de dos hermanos, como ocurrió en Polonia con los hermanos Lech y Jarosław Kaczyński.

Íñigo Errejón no es un traidor, sino alguien que ha venido advirtiendo de que los principios fundacionales de Podemos han saltado por los aires para beneficio de unos pocos, ha venido señalando con palabras amables lo que Manuela Carmena afirma de manera un poco más explícita, que el partido ha caído en el sectarismo y que no habla a los españoles, sino exclusivamente a sus cada vez menos votantes y militantes; en definitiva, que el supuesto díscolo no desea hundirse con el barco pero sí quiere dar un aviso a navegantes. Necesario, por otra parte, en unos momentos en los que probablemente muchos militantes de Podemos están pensando no ya en cuántos diputados van a perder en las próximas elecciones generales, sino cuáles son las posibilidades reales de que el partido quede arrinconado en la irrelevancia o incluso camine abocado a la desaparición.

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