¿Recuerdas cuando indexábamos qué fácil era todo? Con regodeo y un punto de cinismo, un secretario general de un sindicato de los que forman el verticato actual, contaba en un grupo lo fácil que les resultaba a los sindicatos fijar sus posiciones para los convenios colectivos. La indexación fue el ungüento para todo de los primeros años de la economía democrática. ¿No sabes qué hacer? Pues indexa, coño. Y así llegamos a una inflación del 47,5 por ciento en los meses centrales de 1977.
Recuerdo que con motivo de las negociaciones de los Pactos de la Moncloa tuvimos que hacer un ejercicio importante de léxico. Los economistas decían indexar y algunos periodistas puñeteros queríamos españolizar más el término, porque nos parecía un neologismo más de los bárbaros que habían pasado alguna vez por enfrente de Yale o de la London School of Economics. Una vez escribí indiciar y, con toda razón y para mi sonrojo, un lector me llamó la atención sobre el término, que naturalmente no venía de índice, sino de indicio, con lo que yo había hablado más de una sospecha, de un atisbo, de un vislumbre que de un sencillo IPC. Dolido, me retiré a mis cuarteles literarios en busca de un término castellanísimo que por fuerza debería existir. Y lo había, indizar, con esa zeta racial y españolona.
Pasado ese sarampión cursi, adopté indexar, que tiene una conjugación más sencilla que indizar, sin pedir perdón a los economistas, ¡faltaría más! Pero, tras mis frustraciones, el IPC seguía allí y a él se agarraban como a un clavo ardiente los sindicatos, incapaces de buscar otras maneras de mejorar las condiciones de los trabajadores que añadiendo dígitos al índice. Y uno, resignadamente a contarlo, que para eso me pagaban. (Sí, sí, antes pagaban por contar bien esas cosas).
El viernes, en la función El decretazo, versión tragicómica del consejo de ministros, parece que alguien ha decidido volver a indexar o indizar con el sufrido IPC, esta vez, los alquileres privados, como en la versión anterior de El decretazo se hizo con las pensiones públicas. Me resisto a creer que la señora Calviño ignore la perversión de indexar las cosas; el efecto afrodisíaco que produce la indexación en el IPC y otros índices, la inflación monstruosa de las glándulas productoras de subidas; la inflamación comburente de los precios que se pretenden contener. Pero, en realidad, ¿qué le va al Gobierno en ello?
La utilización caribeña del decreto y un presupuesto prorrogado automáticamente desde el primero de enero, son manifestaciones palmarias de impotencia parlamentaria, un cuadro clínico, que bien merece una indexación en toda regla. Cuando el señor Tezanos decida que Sánchez vuelva a gobernar y éste sea capaz de hacer su primer presupuesto, empezaré a preocuparme.