‘Tiempo de silencio’, La prosa y el drama

08/03/2019

Luis M. del Amo. El Teatro de la Abadía recupera uno de montajes más interesantes de los últimos años.

Vuelve este Tiempo de silencio, quizás uno de los espectáculos más interesantes que han podido verse en Madrid en los últimos años. No solo por la oportunidad de acercarse a la novela de Martín-Santos, plenamente vigente y por primera vez sobre las tablas; sino también por su magnífica adaptación y puesta en escena, dos banderines de enganche que logran aunar con un solo latido el resto de elementos que escenifican este brillante drama que dibujara con acierto la novela del médico español.

La obra, un encargo de José Luis Gómez al joven director suizo Rafael Sánchez, hijo y nieto de emigrantes españoles, se ve con verdadero embeleso durante sus tres primeras cuartas partes, una hora y media durante la cual su compleja puesta en escena yuxtapone sobre un escenario vacío diferentes tiempos y espacios, poblados por una veintena de personajes que, intepretados por siete actores, se cruzarán con el protagonista de la novela y el drama, Pedro, un joven científico obligado a descender a un infierno prostibulario y chabolista en su afán por procurarse los ratones que necesita para sus experimentos sobre el cáncer.

Un paisaje marcado por el sufrimiento que padecen sobre todo mujeres, pobres e idealistas, en una adaptación al drama que clava el austriaco Eberhard Petshchinka, quien traza, pegándose como una lapa a la deslumbrante voz de Martín-Santos, el retratro del Madrid más mísero aunque hermoso, en un itinerario por escenas que discurren en pensiones, cárceles y prostíbulos, y sobre la cual arma el joven director suizo una fascinante puesta en escena, donde se superponen distintos tiempos y espacios, contenidos en el discurso de nada menos que siete narradores, con una complejidad donde sin embargo el espectador permanece siempre orientado, en este descenso a los infiernos del joven médico.

Un tono unitario compuesto por adaptación y puesta en escena – no en vano Sánchez y Petschinka son íntimos colaboradores – que combina además a las mil maravillas  por un lado con los neutros vestuario y escenografía de Ikerne Giménez – dos bazas importantísimas, en mi opinión –, cuya sencillez permite las rápidas transiciones, y por otro lado con un espacio sonoro (nunca le vino mejor un nombre a este apartado de sonido) que delinea con precisión y acierto Nilo Gallego en una labor tan gigante como el estruendo de los trenes que atraviesan el espacio imaginario de la escena, muy bien iluminado por Carlos Marqueríe, cuyos focos bañan de dorado la tarde madrileña, y de rosa la locura de sus noches.

Una auténtica maravilla que, sin embargo, pierde fuelle, en mi opinión, en su último tramo, quizás debido a la dificultad de permanecer en las alturas tanto tiempo o quizás por su origen literario, que resta fuerza a su desenlace. 

Dos horas de función, en definitiva, gozosa en su mayor parte y plagada de momentos memorables, desde su monólogo inicial, con lúcidas descripciones de un Madrid poliédrico, hasta un sinfín de escenas que, triplicando personajes en la mayor parte de los casos, acometen sus siete intérpretes – Sergio Adillo, Roberto Mori, Julio Cortázar, Markos Marín, Marina Andina, Lidia Otón y Silvia Acosta –, con notable solvencia y en feliz matrimonio, en suma, con la elegancia y sencilla complejidad de la puesta en escena.

Una auténtica bendición, otra vez a disposición del público, hasta el 17 de marzo.

Magnífica; no se la pierdan.  

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