Santamaría y los giratorios

14/03/2019

Luis Díez.

En política hay que estar en contra de tal modo que luego se pueda estar a favor y viceversa. Esta reflexión del clásico quiere decir que los políticos, como los líquidos, han de adaptarse al recipiente. Algunos alcanzan el tercer estado de la materia, el gaseoso, y acaban oliendo a metano. Veamos un ejemplo: la que fuera vicepresidenta y portavoz del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, se convirtió poco menos que adalid de la lucha contra la corrupción en pleno esplendor del caso Gurtel que afectaba de lleno a su superior, el presidente del PP y del Gobierno, Mariano Rajoy, y su multimillonario tesorero en Suiza, Luis Bárcenas. Promovió reformas del Código Penal, de las leyes de procedimiento judicial, portales de transparencia, modificaciones de las leyes de fundaciones, de financiación de los partidos y, por supuesto, la más estricta incompatibilidad entre lo público y lo privado. Todo era poco para levantar un muro contra la corrupción subjetiva que no lo saltara ni un atleta olímpico con una pértiga. Y sin embargo, por esas casualidades de la vida y la valía personal, al mismo tiempo (2012), su marido dejaba su puesto de abogado del Estado para fichar por Telefónica, que pagaba tres veces más. Lógico. La familia había adquirido un precioso chalecito en el recoleto barrio de la Fuente del Berro, prolongación de Salamanca y Retiro, y tenía una hipoteca que satisfacer. Por cierto que en la recóndita barriada adquirió Luis Solana su chalecito poco antes de que Felipe González le nombrara presidente de Telefónica. Casualidades de la vida. Lo compró, me dijo, a pecio de ganga, pues los anteriores propietarios, que debían ser muy tontos, estaban convencidos de que el Pirulí (la cercana torre Epaña de TVE) emitía radiaciones nocivas para la salud. Casualidades de la vida.

Lo cierto es que la esforzada Santamaría contra la corrupción política subjetiva se ha evaporado, ha pasado del recipiente líquido de la política, en la que fungió por tres lustros y ganó las primarias del PP para convertirse en presidenta del partido –lo que impidieron sus contrincantes Cospedal y Casado mediante pacto de conveniencia para éste último–, al tercer estado de la materia: el gaseoso. Y ya libre como el viento ha entrado en el próspero bufete catalán Cuatrecasas como socia y representante en la capital del Estado con una remuneración no inferior a 200.000 euros al año, según los entendidos en la materia. Podía haber regresado a su puesto como abogada del Estado, pero la pela es la pela. Lógico. Algunas lenguas de triple filo atribuyen su “bajo perfil” testimonial en el juicio del “procés” al hecho de que cuando declaró ya había fichado por el despacho catalán. Casualidades de la vida. Las mismas lenguas recuerdan los problemas de Cuatrecases con Hacienda cuando Santamaría fungía de vicepresidenta del Ejecutivo, pero el propio despacho ha aclarado que los resolvió pagando los cuatro millones de euros eludidos. Además, como me dijo una vez el profesor Montoro con su fina ironía: “en este país quien no tiene problemas con Hacienda no es nadie”. Y Cuatrecases es bastante. El tercer filo raja por donde puede doler más, como el incumplimiento por parte de Santamaría de la norma que obliga a los miembros de los gobiernos a cumplir dos años (remunerados) de abstinencia laboral antes de fichar por empresas y sociedades con las que hayan tenido relación como gobernantes. Santamaría la tuvo con su colega jefe de Cuatrecases como mediador con Puigdemont para evitar el referendo del 1 de octubre de 2017 y sustituirlo por unas elecciones. La gestión, cuyo coste directo o indirecto se desconoce, dio resultado cero. Y ya se sabe que cero por cero es cero, menos en este caso, que obligó al Gobierno a aplicar el 155 de la Constitución con Santamaría precisamente de jefa de la administración autonómica catalana y responsable del subsiguiente proceso electoral.

La oficina del registro de intereses de los cargos públicos, que depende del Gobierno (Ministerio de Administraciones Públicas) no ha apreciado colisión entre el nuevo puesto de la expolitica del PP y sus anteriores responsabilidades públicas. Tampoco es el único caso ni será el último. A bote pronto vale citar a la exvicepresidenta económica con Zapatero, Elena Salgado, quien fichó por Endesa-Chile para colarse en el bulipén de la “puerta giratoria”, dejando a tanto pureta socialista con tres palmos de narices. O al exportavoz adjunto del PP en el Congreso, Agustín Conde, quien ingresó en el consejo de administración de Red Eléctrica como consejero independiente, se convirtió en secretario de Estado de Defensa con Cospedal de ministra y sin cumplir plazos ni garambainas legales se halla al servicio de la empresa de armamento y seguridad Escribano Mechanical & Engineering. Eso sí, desde su despacho privado para que no haya tacha de legalidad. Giratorios sí, pero con la ley por delante, o sea… Y si vamos a ver las borrosas fronteras entre lo público y lo privado acabaremos con la vista cansada y ahumada por tanto elemento en estado gaseoso. El único consuelo frente a ese tráfico de influencias que tanto encarece la contratación de bienes y servicios públicos es que al menos no pueden cobrar descaradamente los sueldos de ministros y altos cargos por los dos años de abstinencia que contempla la ley.

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