Europa sucumbe a una sobredosis de mediocridad

27/03/2019

Hernando F. Calleja.

El martes en Madrid, a teatro (carísimo) lleno, Bernard-Henri Lévy contó y gritó las verdades del barquero sobre Europa. La sentencia que he elegido para el titular no es ni la más profunda ni la más brillante de su discursos teatralizado, en el que ha hecho un meritorio ejercicio de acercamiento al auditorio español, pero acaso es la más motivadora a los efectos de movilizar a Europa contra sus enemigos, que son los mismos que provocaron las hecatombes de 1914, de 1939, de 1992 y que persiguen un nuevo derrumbe continental.

El ya no tan joven, pero igual o más airado pensador hizo un diagnóstico certero de los males de Europa (en ocasiones como continente y en otras identificada con la Unión Europea). Como sintomatología general destacó la virulencia de la antieuropa en contraste con la sobredosis de mediocridad de los que aún no han aborrecido el mayor espacio de libertad y el proyecto de articulación europea.

No escatimó la personalización de esa antieuropa. Liam Fox, David Cameron, Viktor Orbán, Marie Le Penn, Tierry Baudet, Mateusz Morawiecki, Matteo Salvini, Luigi Di Magio, Santiago Abascal, Pablo Iglesias, Carlos Puigdemont desfilaron como sombras chinescas sobre el forillo de un escenario que nos metió en una habitación de hotel en Sarajevo, la ciudad “ donde empezó a morir Europa” y para la que pidió la sede del Parlamento Europeo. Un grupo de populistas nada selectos, embobados en modelos desechables como Trump o Putin. Para cada uno tuvo comentarios mordaces. A Abascal lo llamó Francisco y lo vistió de soldado de los Tercios de Flandes; de Pablo Iglesias dijo que cree que el populismo es como el colesterol, que existen el bueno y el malo, “pero es mentira”.

Su recorrido por la historia europea, por aquellos hechos y personas que han moldeado su personalidad durante siglos, no solo fue un alarde apabullante de erudición, fue un grito desgarrado para que esa acomulación de cultura no se manipule por la estirpe de totalitarios que la acecha ahora ante las elecciones al Parlamento Europeo, políticos que presentan listas para poder volar desde dentro la Unión.

Pero también hubo crítica contra la Europa oficial, contra las instituciones y personas que permiten elevar muros contra la inmigración; encasillar y criminalizar maneras de creer y pensar que no son las propias; burócratas autoritarios acorazados en un soberano desprecio de los pueblos.

Es muy difícil resumir noventa minutos de denso discurso teatral en unas líneas. Aunque reconocerlo suene a impotencia periodística no me importa. Sé que he vivido con un millar de personas unos momentos de especial intensidad intelectual, de necesario esfuerzo de atención al torrente verbal que se nos venía encima. Vivimos el desaliento, el desprecio, la anécdota, el juego y un hilo de esperanza que llevó al climax del “No pasarán” final que, debo reconocerlo, fue un recuerdo incómodo para algunos presentes.

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