‘El cerco de Leningrado’: Teatro y utopía

04/04/2019

Luis M. del Amo. Juanma Gómez dirige en ‘Arte y desmayo’ la obra de Sanchis Sinisterra sobre la caída del Muro.

 

Un punto de desobediencia y rebeldía alienta buena parte de la producción teatral contemporánea. Y más aún cuando, como en el caso de Juanma Gómez, el director de la sala Arte y desmayo, la producción se sitúa, no en la frontera, sino más allá. En el off del off. Fuera no solo de los circuitos comerciales, sino al otro lado del río, lejos del calor que ofrece el centro de Madrid a las salas alternativas.

Y aún así, actores de prestigio, como Chete Lera o Daniel Ortiz, y profesionales bragados, como las propias Magdalena Broto y Marta de Frutos, protagonistas de El cerco de Leningrado eligen la sala de Gómez, e incluso su dirección, para levantar sus proyectos teatrales, enteramente profesionales.

Así lo han hecho Broto y De Frutos en esta su cuarta incursión en la producción escénica de su compañía Instante Teatro. Y con buenos resultados, a juzgar por lo visto en la pequeña sala de Marqués de Vadillo. A pesar de que quizás no sea esta la obra más notoria en la extensa carrera del veterano dramaturgo valenciano, José Sanchis Sinisterra, autor de Ay, Carmela, Ñaque o Carta al padre.

En esencia, El cerco es una reflexión apresurada de las consecuencias de la caída del Muro de Berlín, y la desaparición del bloque soviético, compuesta en 1994, prácticamente cuando estos hechos históricos estaban aún acaeciendo.

El Teatro del Fantasma

La fábula parte de una situación inverosímil. Dos actrices encerradas veinte años en un teatro abandonado, empecinadas en buscar en sus archivos una obra perdida que explique la muerte de su autor, Néstor, director comprometido, militante de izquierdas, pero intelectual, al cabo, y peligroso por tanto para unos y otros. Y sin embargo, a pesar de su inverosimilitud de partida, el autor se las compone para insuflar vida a sus dos criaturas, Priscila y Natalia, viuda y amante, respectivamente, del fallecido director.

Utiliza para ello como principal recurso la propia relación que une a las dos mujeres, construida durante sus largos años de encierro, y compuesta de rutinas y recuerdos, y de una nostalgia, que, si no las devora, sí las mantiene apartadas del mundo, en busca de explicaciones, que, cabe decir, hallarán finalmente.

Un par de mujeres encarnadas con solvencia y profesionalidad por Broto y De Frutos, y hasta con brillantez en algunos tramos, como en la parte final de la obra, cuando la cercanía del desenlace y el descubrimiento de importantes acontecimientos disparen la emotividad de las mujeres y con ella la de los espectadores.

Un drama social, con tintes de comedia, bien conducido por Gómez, quien acierta al imprimir el ritmo a la representación, aun con ciertas dificultades en algunas transiciones, no siempre fáciles con sus medios; ayudado de un eficaz de luces, que logra sacar partido al reducido equipamiento de la sala.

En suma, una oportunidad de deleitarse con la interpretación de estas televisivas actrices desde un patio de butacas literalmente pegado al escenario, y de gozar de un texto que reflexiona sobre las consecuencias del final de una utopía y nos invita a construir una nueva.

Recomendable.

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