Las encuestas las carga el diablo

08/04/2019

Josep M. Orta.

Parece que las encuestas que diversos medios publican estos días se están convirtiendo más en un arma electoral que en un trabajo demoscópico riguroso. Es dudoso que con una muestra telefónica de un millar de participantes se puedan incluso repartir escaños por provincias como se refleja en alguno de los trabajos publicados. Incluso se hacen refritos de las encuestas publicadas para hacer un promedio.

Sí que se nota, sin embargo, el miedo de las encuestadoras en ofrecer datos demasiado diferentes que sus colegas. A fin y al cabo el fracaso de las últimas elecciones andaluzas en las que nadie proveyó el resultado de BOX o de las últimas generales en las que todos coincidían en pronosticar el sorpasso de Podemos al PSOE les ha hecho demasiado cautelosos. Si nos equivocamos, que se equivoquen todos.

Las encuestas pueden jugar un cierto papel en el voto de los ciudadanos pero es evidente que son más que influyentes en la opinión publicada.

Hubo un tiempo, a principios de la democracia, que era habitual que un número significativo de los encuestados mintieran a la hora de indicar el partido que pensaban votar (recuerdo que muy pocos en Madrid confesaban que votarían a Álvarez del Manzano para la alcaldía, sin embargo sacaba mayoría absoluta). Los técnicos trataron de corregir está situación, pero justo entonces los interpelados empezaron a decir la verdad… y claro sus prospecciones fallaron otra vez.

Quizás ahora lo que ha cambiado significativamente y por ello se han errado tantos pronósticos (aquí y fuera) es la manera que se configura la opinión pública. ¿Cómo deciden los ciudadanos su voto? ¿Cuántos son fieles a lo que han votado siempre y cuántos están dispuestos a cambiar el signo de su papeleta?

Acaso los mítines, los programas, los debates han quedado en un segundo plano y son las redes sociales los verdaderos protagonistas de las campañas electorales y, en definitiva del resultado de las mismas y la demoscopia aún no ha afinado su sistema para adaptarse a la nueva situación.

De momento las encuestas, que todos leemos, han perdido credibilidad y parecen más una quiniela que no una fuente creíble. Parece que las cargue el diablo.

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