Algo pasa con VOX

11/04/2019

Carmela Díaz.

Para opinar con criterio hay que experimentar la realidad. Observar. Conversar. Debatir. Palpar el pulso callejero, el sentir popular. Dialogar con gente heterogénea que sufre la dificultad de llegar a fin de mes y padece los ahogos inherentes al día a día. Al escuchar sin prejuicios ni sesgos a estos ciudadanos de a pie, se comprenden los porqués del auge de los que muchos ya denominan el Podemos de las derechas

Un tanteo del parecer de vecinos y conocidos -desprovisto de ambages y juicios preconcebidos- revela que un buen puñado de adeptos a VOX provienen del hartazgo. Padres de familia, pequeños empresarios, jubilados, funcionarios, asalariados, emprendedores -es decir, los que producen, se desloman a trabajar y pagan impuestos-, están hasta la peineta de soportar vilezas políticas o dislates tales como que los constitucionalistas y moderados son unos fachas endiablados y los antisistema, golpistas, delincuentes o filoetarras resultan ser unos ejemplares demócratas.

También obtendrán votos por agotamiento. Se advierte una rebeldía creciente contra la tiranía de las minorías. Se tambalea la hegemonía del buenismo institucional, del populismo que anestesia conciencias y del abuso de la corrección política. El vulgo comienza a bufonearse de lo que parecían mantras intocables: si discrepas de las consignas progres, eres fascista. Si amonestas el comportamiento ilegal o inadecuado de un extranjero, eres racista. Si reclamas igualdad real, eres machista. E incluso hay quien ensalza las siglas verdes por mera desilusión: muchos de los antaño indignados del 15M ahora son ciudadanos asqueados por su enésima decepción con la casta y anhelan en VOX soluciones, regeneración y un antídoto contra su frustración.

El patriotismo es otro argumento recurrente. Ha nacido un movimiento social (ajeno a espectros ideológicos concretos) que reclama respeto hacia España y los españoles. Hacia lo que somos, fuimos y seremos. Que repudia el insulto fácil y los tópicos injustificados contra la nación -y hasta contra la civilización occidental-. Que ya no tolera que se denigre la historia de nuestro país y que se deslegitimen sus símbolos y valores. Que defiende un patrimonio tan inmenso y enriquecedor como es el español, la lengua común de quinientos millones de personas. Que exige igualdad en educación, fiscalidad, seguridad y sanidad entre regiones.

Y, por supuesto, también hay otros tantos que depositarán la papeletea de VOX por ideología y corporativismo: el ámbito rural y las gentes del campo, los cuerpos y fuerzas de seguridad ninguneados en favor de sus homólogos autonómicos, los defensores de tradiciones denostadas (religiosas o culturales), los emprendedores hastiados de trabas administrativas o los comerciantes y autónomos asfixiados a impuestos.

Mientras las minorías beligerantes se han visto favorecidas por privilegios arbitrarios -despilfarros en subvenciones partidistas, permisividad con la corrupción, condescendencia con los golpistas, ese extravagante endiosamiento de vagos, maleantes, alborotadores y verbeneros- la llamada mayoría silenciosa transigía resignada mientras sostenía con privaciones y un esfuerzo cotidiano descomunal una estructura que los demonizaba. Hasta que han dicho basta. El apogeo de VOX es tan sencillo de comprender como la máxima universal de acción-reacción.

                     Carmela Díaz

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