Assange, cualquier cosa, menos mártir

15/04/2019

Hernando F. Calleja.

La detención de Julián Assange en Londres devuelve su caso a primer plano de la actualidad. No se trata de prejuzgar aquí sus presuntos delitos sexuales, por los que le reclaman desde Suecia ni tampoco por las filtraciones de documentos oficiales considerados secretos por las Administración norteamericana. Se trata de algo previo al juicio y en lo que poco se paran a pensar.
Sé que para una parte importante de la opinión pública mundial, el  hacker australiano se ha convertido en un símbolo, aunque no se sabe muy bien lo que simboliza. Para muchos, cualquier cosa que haga cosquillas al poder es motivo de satisfacción y, además en muchos casos, de burlas y chanzas. Sobre todo si las maniobras van contra Estados Unidos, ese socio insufrible al que unos y otros recurren como al primo de Zumosol. Esos mismos prefieren obviar que la gran beneficiaria de la información difundida es la Rusia de Putin, que no es un dechado de virtudes democráticas y, por supuesto, los grupos terroristas de distinta naturaleza, no solo islamistas.
Este regocijo es bastante patoso. La seguridad es un empeño colectivo para Occidente y estos papeles y otros, como los filtrados por Snowden, casualmente asilado en Rusia, ponen en jaque muchos años de esfuerzo de personas que trabajan honradamente en servicio de su país y, por extensión, de occidente.
Una vez filtrada la información, y digo filtrada adrede, porque previamente, quien la robó hizo su propia selección interesada de los contenidos que iba a difundir, el problema se les plantea a los medios, algunos de los cuales montaron grandes coaliciones para dar salida a los documentos. ¿Era necesaria esta coalición para la difusión? Rigurosamente no. Hoy en día con un servidor de mediana potencia se puede inundar el mundo de información. ¿No sería que la coalición de medios lo que necesitaba era el dinero necesario para hacerse cargo de los documentos?
La coartada es conocida, manida y bastante dudosa. Ha llegado a mi poder y en aras de la libertad de información, lo publicamos. Tenemos nuestros casos patrios muy de actualidad, sobre los que he oído pontificaciones de esta índole. Y también en la segunda línea de defensa, como quiera que otros lo han publicado, yo tengo que facilitar a mis lectores (oyentes, televidentes) esas informaciones. La hipocresía no es uno de los vicios menores de muchos medios de comunicación.
Ante estos argumentos he preguntado a algunos paladines recientes o sobrevenidos de la libertad de información, si ellos compran objetos robados, es decir, si son peristas, un hecho de dimensiones morales muy limitadas. Poco menos que se han escandalizado. ¡Eso es un delito! Y los más molestos me responden que el caso no tiene nada que ver, porque los documentos robados son de interés público y afectan a muchas personas.
Ahí quería yo llegar, precisamente. ¿Quién o quiénes se han beneficiado de estas informaciones filtradas? No parece que los ciudadanos norteamericanos y los de sus países aliados. Todo lo contrario. Entonces, no es demasiado arriesgado suponer que las filtraciones se pudieran haber hecho por encargo o que estén segmentadas con una intencionalidad determinada o, simplemente, que sean noticias falsas.      
Profesionalmente, solo en una ocasión se me planteó la opción de publicar en mi periódico de entonces una noticia de cierta importancia, obtenida por medios ilícitos. No se publicó. Y me sentí muy bien.

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