¿Dejaría usted las llaves de su casa o de su coche a alguien que se compromete a ser su socio en un negocio y días antes de la firma se presenta como socio de su competidor? ¿Se fiaría de ese competidor sabiendo que ese competidor conocía previamente la jugada y a quién fichaba? Pues traslademos ahora esa situación a la política, y pongamos, por ejemplo, que el socio traidor se llama Ángel y el competidor se viste de color naranja. Y ambos ahora nos piden que les demos nuestra confianza y el manejo de nuestro futuro.
Es cierto que no se trata del primer político que cambia de partido e incluso que se pasa a la ideología más opuesta. Ejemplos los tenemos a montones en esta España que algunos siguen considerando cañí y de pandereta. Pero si algo se puede exigir a un político y a un partido que aspira a ser de Gobierno es honestidad, lealtad, dignidad y presentarse para servir y no para servirse o para saldar cuentas pendientes.
Y en este episodio del ex presidente madrileño Ángel Garrido – que además lo fue por descarte tras la dimisión de Cristina Cifuentes- todas esas cualidades exigibles a quienes quiere representar al Ciudadano brillan por su ausencia en ambas partes, especialmente por las formas y el momento en que se ha producido el cambio de chaqueta.
Si el travestido Garrido no estaba a gusto en el Partido Popular, resulta extraño que haya tardado tanto tiempo en darse cuenta y sólo lo haya hecho después de ser defenestrado como candidato a la Presidencia de la Comunidad. Y ¿qué credibilidad puede tener quien ahora se transforma en converso de una formación que ha denostado y satirizado tantas veces con calificativos como los “cuñados”, además de veletas o de levantarse una mañana socialdemócratas y otra liberal.
Además, si tantas ganas tenía de marcharse del partido del que se ha servido para ocupar cargos y privilegios, lo ético y lo leal hubiera sido hacerlo antes de ser incluido en las listas para Europa, o después de celebrados los comicios. Pero el momento elegido y las formas para deserta, con premeditación y alevosía en toda tierra de principios se califica de traición, aunque el evite confesarlo para disfrazar su indignidad.
Como es también indignidad la de aquéllos que le acogen. Lo ético y lo honesto por su parte hubiera sido invitarle a retrasar su ingreso hasta pasadas las elecciones, todas ellas, y sin incluirle en lista alguna en lugar de encumbrar a quienes otros no han querido. ¿Qué pueden pensar los militantes y votantes de Ciudadanos cuando ven que se les aparta de las listas para dar cabida a tránsfugas y desechados de otras formaciones? Pues eso a reflexionar y pensarse bien lo de las llaves de casa o nuestro coche.
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