¿Está el Partido Popular en liquidación?

02/05/2019

Carmela Díaz.

El voto es la sonrisa de la democracia, aunque las urnas en estas elecciones se han convertido en un gimoteo para el PP, en sibilinas cajas de Pandora que han destapado sus demonios, confusiones, desconciertos, males y castigos. En estos momentos el partido parece una formación de saldo y los únicos culpables son sus mandamases.

La subida del PSOE resultaba obvia por la proyección mediática y el empuje institucional que el poder conlleva; pero, sobre todo, por la captación de votantes desengañados con Podemos. Sánchez se ha alzado con la victoria más por disparates ajenos que por merecimientos propios, que no los tiene. Incluso ha ganado con un porcentaje similar al que desterró a Rubalcaba al banquillo. Y porque hay una gran masa social que deposita sus papeletas influenciada por las emociones y el corazón, no por la racionalidad. Sin obviar que las izquierdas movilizan a sus huestes mejor que las derechas. También se asumía la entrada de VOX en el parlamento; aunque las expectativas eran más altas, pasar de la nada a veinticuatro escaños con todo el establishment en contra, es un resultado notable. Para futuros comicios se debería tener en cuenta que el bullicio verbenero de redes, haters y trolls cibernéticos no son un reflejo fiable del español medio. Simplemente basta con analizar la diferencia entre el censo electoral y el número de ciudadanos que utilizan Twitter.

Pero lo que resultaba impredecible era la hecatombe popular. Un fracaso descomunal con cifras dramáticas. ¿Por qué se ha producido? Por la propia descomposición del PP, pese a que ellos busquen culpables fuera: VOX no ha sido el motivo. El desencadenante del hundimiento estriba en su torpeza, soberbia, desidia y falta de respeto hacia sus votantes. En una corrupción sistemática, en ideologías de quita y pon, señas de identidad mancilladas, extraños virajes hacia la bancada contraria, compadreo con los adversarios y centenares de imputados. En sustentar legiones de mediocres como representantes de unas siglas en entredicho o en perpetuar a personajes que viven del pesebre público desde hace décadas. Y en un lastre definitivo: Rajoy permitió que gobernase Pedro Sánchez en vez de convocar elecciones. Una de las decisiones políticas más incomprensibles -e imperdonable para sus simpatizantes- de la democracia.

Lo que ahora avergüenza hasta a sus acérrimos es que tras semejante debacle no aprenden: en vez de hacer autocrítica y corregir errores se exculpan a sí mismos para azuzar a los quintos en el escalafón. Casado ha sido víctima de la bajeza de sus predecesores, pero también ha cometido errores trascendentales: centrar la campaña en la quimera del supuesto voto útil en vez de batallar al contrario o nombrar jefe de la contienda a una reliquia obsoleta de ese incómodo pasado reciente.

Como colofón y emulando a una iconografía mitológica, el PP también está siendo devorado por su propia criatura: esa ley electoral que no quiso modificar cuando pudo, la que siempre parece favorecer a nacionalistas y perjudicar a España. Las elecciones generales han reavivado el debate sobre la conveniencia de su reforma: el recuento total de votos lo encabeza el centro-derecha, pero gana la izquierda por un buen puñado de escaños. Estos comicios corroboran que los españoles rechazan los extremismos y que el ideario colectivo evoluciona: en estos tiempos convulsos el bloque de moderados versus populistas está compitiendo con el histórico de izquierdas contra derechas.

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