Dicen que a veces para seguir defendiendo lo mismo hay que cambiar de equipo. En las últimas semanas vemos como no pocos dirigentes, cuando ven que el barco en que estaban subidos hace aguas, no tienen el más mínimo escrúpulo en mudarse de camiseta. Pero este espíritu de supervivencia no sé da sólo en las personas, también en los partidos que parece que se mueven más por encuestas que por principios.
El trío de la plaza Colón se pasó la campaña de las legislativas lanzándose flores y augurando un futuro gobierno tripartito. Nadie se planteaba poner un cordón sanitario a una extrema derecha que propugnaba una serie de medidas que hacían temblar a no pocos demócratas. Al contrario estas fuerzas, en su lucha para acaparar los votos del segmento social conservador, lejos de desmarcarse de determinadas tesis luchaban para acercarse a los planteamientos de Vox.
Las urnas les dieron la espalda y los dos posibles socios de la ultraderecha se dieron cuento que el original atrae más que una mala copia. Pues donde dije digo digo diego y ahora vemos como sin ruborizar cambian no sólo su estrategia si no su ideología y empiezan a atacarse entre ellos. Ya no dudan en calificar a Vox de extrema derecha y dejan de competir por los votos de Santiago Abascal. Ahora se dedican a combatirse entre ellos para ver quien se configura como el primer partido de la oposición en los inminentes comicios. Claro que la catalanofobia que propugnan parece que lo tapa todo.
Por otro lado los socialistas, con sus 123 escaños, pretenden gobernar en minoría e igual que hicieron en la moción de censura y después en la abortada ley de presupuestos no quieren tener socios ni negociar con nadie. Aún no han aprendido que los votos no se regalan y el resto de fuerzas proclives a configurar con el PSOE una mayoría parlamentaria estable también tienen sus exigencias. El “lo tomas o lo dejas” que propugna el partido de Pedro Sánchez le puede dar más de un susto. Los socialistas siempre han actuado de una manera prepotente y están acostumbrados a imponer y no a negociar, esperando que el resto de formaciones acaben votando a regañadientes sus propuestas, pero los números son los que son y los apoyos políticamente tienen un precio
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