Los enarcas españoles

08/05/2019

Hernando F. Calleja.

El presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron cree que ha llegado el momento de reformar la Escuela Nacional de Administración (ENA), en la que se han formado presidentes, primeros ministros, ministros y altos funcionarios de la República. El vivero de la dirigencia de un país cuya burocracia aristocrática es tan consustancial al sistema como la propia Constitución.

Los enarcas franceses son, desde 1940, una especie de garantía de que, por mal que los políticos hagan las cosas, el país se mantendrá en unas pautas de prudencia y cohesión a toda prueba. A cambio, estos altos funcionarios no tienen que pensar en qué y cómo van a desempeñarse en lo público y también en lo privado, ya que muchos de ellos, son requeridos por las empresas, no solo como gestores, sino también para garantizarse  unas buenas relaciones con la Administración.

En España tenemos también una especie de enarcas que han servido al Estado con un estilo parecido al de los franceses. Me refiero a los técnicos comerciales del Estado, posteriormente fusionados con los economistas del Estado y que han cocinado la economía española desde hace más de ochenta años. Otros cuerpos, como los abogados del Estado y los diplomáticos, no han dejado de tener su  importancia, más instrumental que de dirigencia, y en ocasiones han forcejeado con los TCE-EE, por reservarse áreas de influencia.

En los años setenta y ochenta, en plena transición política, se dio una sorda lucha entre los técnicos y los diplomáticos por la acción comercial exterior que se decantó por los técnicos, fundamentalmente porque los sucesivos gobiernos de centro y de izquierda contaban con un nutrido grupo de ellos.

Este enarcado a la española, ha sido, en buena parte, un foco de irradiación de estabilidad económica, de continuidad, que contribuyó a amortiguar la pirueta más forzada de todo el proceso democrático, que fue la irrupción de un gobierno socialista con una mayoría apabullante, tan solo siete años después de muerto el dictador.   

Como los franceses, estos enarcas no son una piña ideológica (algunos incluso eran comunistas, pero el grupo más nutrido se mueve entre la socialdemocracia y el liberalismo, aunque hoy puede que se haya ampliado  el ideario a algunos nacionalismos y hacia el conservadurismo. Pero en general su lugar ha sido la proximidad al centro.

Sé que algún lector está esperando la lista de los más conspicuos representantes de este enarcado español, pero no seré yo, o no será ahora el momento de ponerlos en fila como en una entrega de grados. Están en el Estado, en las empresas de servicios, en las finanzas, en las instituciones internacionales y hasta en la política partidista.

Quien esto escribe no es un defensor del corporativismo y cree, inmodestamente, como Macrón, que las elites funcionariales necesitan alguna profunda revisión y puesta al día, pero también estoy convencido de que los TCE-EE han hecho una gran aportación al desempeño de España como economía fuerte, dinámica y competitiva. Y particularmente, como periodista dedicado a la información y opinión económica, algunos de ellos han sido mis mentores, me han enseñado y han orientado mi criterio. A ellos les debo, en buena parte, haber disfrutado de una vida periodística rigurosa, prolongada y, si se me permite, próspera.

PD. En mi anterior entrega (Derechos expansivos) criticaba con cierta vehemencia el interés de la izquierda en que sus reformas sean irreversibles, en una presunción de conveniencia social insoportable. Pocos días después, esa buena persona y errado izquierdista que es Joaquín Estefanía, abogaba en El País por un pacto de izquierda que dure toda la legislatura: “Sin él, dice, será muy difícil reforma alguna y las que se hagan, se revertirán”.

Me encanta que otros ratifiquen mis asertos.   

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