Pasó el embobamiento electoral y el proteccionismo seguía allí. Como la principal amenaza a la estabilidad económica, entendida como crecimiento no espasmódico y como el principal lastre de los mercados que, aunque muchos crean que son unos señores armani en rascacielos de diamante, son también pequeños ahorradores que fían, eso sí, sin fundamento, su confort futuro en que nadie se empeñe en una estupidez como una guerra comercial erga omnes.
No muchos entienden la perversión del proteccionismo. No muchos saben que todos los países lo practican con unos u otros mecanismos. Muchos quieren ignorar el proteccionismo de la Unión Europea en materia agrícola, vía la Política Agrícola Común, que deja sin expectativas a muchos países cuya producción no puede acceder a nuestro continente o lo hace con cuentagotas. Nostra culpa
Incluso quien promueve el proteccionismo, veamos el ejemplo de Trump, lo hace no porque crea en mercados intervenidos, que también, sino porque le permite actuar en política interior como Luis Candelas. Esta misma semana se ha sabido que el presidente norteamericano librará otros 16.000 millones de dólares de los ingresos suplementarios por la elevación de aranceles para resarcir a sus agricultores de los daños que su propia política ha provocado. Ya ha sembrado cerca de 30.000 millones en el lucrativo negocio de sus expectativas de reelección el año que viene. Lo que digo, un bandido generoso, invento español por el que no recibimos royalties.
En la guerra proteccionista, Estados Unidos parece que no tiene en cuenta algo muy obvio e inexcusable. Que mientras ellos sean un país democrático, serán perdedores frente a una autocracia inflexible como China, cuya opinión pública no existe y el disenso está criminalizado. Para Trump, una subida violenta de precios para repercutir los derechos arancelarios puede ser una dificultad política muy seria. Para Xi Jimping, apenas una ligera migraña que se cura con unos miles de deportaciones y alguna que otra desaparición por el camino.
La prueba del nueve de esta debilidad norteamericana en la contienda arancelaria es, por un lado, el viaje de estos días del presidente norteamericano a Japón, para pedir árnica, ofrecer un acuerdo de libre comercio y garantizarse algunos suministros que, a precios de mercado, pueden ser competitivos con los chinos. Por otro lado, el efecto que está teniendo en la demanda de productos mexicanos, que ha crecido en el primer trimestre de este año el 3 por ciento. Y es evidente que México y sus gentes no son para Trump los socios más deseables.
Hasta ahora, el gran éxito de la guerra arancelaria del presidente norteamericano son los 831 dólares que a cada hogar le corresponde pagar más caro su consumo habitual por sus maniobras y una reducción, todavía modesta, del orden de 0,6 puntos, en el crecimiento previsto. El chorreo de millones para los agricultores puede no ser suficiente para volver a ganar.
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