‘Anastasia’, Canciones y píxeles

07/06/2019

Luis M. del Amo. El musical llegado de Broadway completa su primera temporada en la Gran Vía madrileña.

Anastasia, el musical importado de Broadway cuyo estreno europeo se adjudicó la madrileña Gran Vía, se halla próximo a cumplir su primera temporada. La obra, una fabulación sobre la posible supervivencia de una de los Romanov, la familia del zar ruso ejecutada durante la Revolución por los bolcheviques, ha contado con los mismos libretista, músico y letrista, Terrence McNally, Stephen Flaherty, Lynn Ahrens, respectivamente, que armaron el film de animación estrenado 1997.

El musical, como artefacto escénico, confía su eficacia en la utilización de diversas pantallas que, integradas en el escenario, ofrecen espectaculares imágenes que sirven para ambientar la acción con gran agilidad. Eso y una treintena larga de canciones, que van guiando la historia, a través de un cúmulo de sucesos.

Una artillería escénica que ha requerido incluso adaptar la estructura del Teatro Coliseum para hacer sitio a los aparatos de iluminación cuya luz baña la peripecia de Anya, la joven protagonista, quien, atraída por un par de estafadores, emprende un viaje de la Rusia bolchevique al París de los años veinte, en busca de su identidad perdida.

Un viaje cuya representación se confía casi íntegramente a las canciones y al colorido de ocho pantallas — una de ellas gigantesca — que modelan sus imágenes a lo largo de las dos horas y veinte minutos de función. Y entre las cuales brilla especialmente la escena dedicada a la toma del Palacio de Invierno, cuando de súbito el cielo se cubre de sangre y fuego con la llegada de los bolcheviques; así como una segunda escena, que representa con gran imaginación un viaje en tren.

Un formato repetitivo

Más discutible, sin embargo, resulta a mi entender el tipo de canción elegido, y repetido hasta la saciedad durante la función. Un modelo con el cierre en alto, construido para arrancar el aplauso del público, que acaba resultando excesivamente monótono, en mi opinión, y que hace brillar, por contraste, las pocas canciones que escapan a ese modelo, como aquella titulada San Petersburgo, mi ciudad, cuyo ritmo y composición se alejan del mencionado modelo.

Elección que, aunque por otros motivos, lastra también la puesta en escena. En este apartado, la obra parece insistir en un tono naturalista que no siempre favorece, en mi opinión, su discurso. Así, composiciones como El último baile de los Romanov, un baile de muertos, en suma, no aciertan a expresar con total nitidez la desolación que tratan de transmitir. Algo que sí consigue, en cambio, un pequeño número musical, la pelea con los granujas callejeros, cuya coreografía se encuentra entre lo mejor de la obra. Y que pone a las claras que, sobre un escenario, la imitación de la realidad no es siempre lo más efectivo.

Esta expresividad resulta también muy agradable cuando aflora en lo relativo a la interpretación. Así, el par de graciosos, Vlad y la Condesa Lily, aligeran con su comicidad esta función que resulta, a ratos, algo mortecina.

Por lo demás, y después de señalar la excelente voz cristalina de Jana Gómez, en el papel principal de Anastasia; el notable compendio logrado entre canto y actuación de Íñigo Etayo – el más inspirado entre los actores principales, en mi opinión –; el potencial, no siempre aprovechado, de la voz cantada de Carlos Salgado, en el papel del malvado Gleb; y el buen oficio de los curtidos Javier Navares, en el papel de Vlad, y Silvia Luchetti, una graciosa dama de compañía; además de la excelente transformación lograda por Angels Jiménez, en el rol de Emperatriz; hay que apuntar además el buen tino del cuerpo de baile y de los trece músicos en escena en este espectáculo dirigido por Darko Tresnjak.

En definitiva, una ocasión de deleitarse con otra nueva creación de esta Gran Vía del musical surgida en el centro de España, con notables avances técnicos, y cierto déficit en lo relativo a la expresividad.

Recomendable.

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