53 millones de euros

11/06/2019

Carmela Díaz.

Acumula el patrimonio que se puede esperar de una persona con su trayectoria profesional. El que corresponde, en salario y retribuciones, a la élite directiva de una marca líder e histórica. Resulta una obviedad que no llega a la política patria para solucionar su futuro porque lo tiene resuelto. No aterriza en los asuntos públicos para lucrarse puesto que está sobradamente enriquecido. Y es probable que quien ha gestionado con éxito su porvenir sepa llevar a buen puerto otras metas más elevadas. La gente capaz de ganarse la vida fuera de la política es la que merece la pena para tal propósito. Sin embargo, hay que sospechar de los que confinan su profesión a medrar en un partido.

Ha demostrado su valía a lo largo de una carrera al alcance de muy pocos. Con sus defectos y sus errores, los sucesivos equipos que lideró siempre alabaron sus habilidades; en el ámbito del marketing se le considera desde hace años un referente. Posiblemente sea, junto a Pablo Isla, uno de los ejecutivos españoles con más prestigio internacional. Ascendió hasta la cúpula de Atlanta después de más de tres décadas de éxito en la dirección de Coca-Cola en varios continentes: uno de los puestos más codiciados e inaccesibles del planeta. Ahora Marcos de Quinto pretende aportar desde el escaño. Debería ser un ideal a instaurar: impulsar a los más cualificados, experimentados y diligentes para tramitar recursos públicos.

Él mismo ha confesado que tenía dos opciones: retirarse cómodamente en consejos de administración mientras continuaba despotricando sobre nuestros gobernantes o dejar de quejarse y tratar de hacer algo por España. ¿Quién puede aportar más al futuro de un país? ¿Un vicepresidente ejecutivo mundial que lo ha conseguido todo en el ámbito empresarial más restringido y exigente? ¿O un personaje sin oficio conocido ni más mérito acumulado que medrar en siglas multicolores? Semejante pregunta retórica se responde por sí sola. Los cargos públicos tendrían que contar con una sólida experiencia laboral como requisito para acceder al puesto y tener la posibilidad de retomar su carrera profesional previa en cualquier momento.

Sin embargo, la progresía que nos rodea -esa que presume de moralinas prémium, la que pretende inocular pensamientos únicos teledirigidos- penaliza la legítima acumulación de patrimonio, criminaliza el capital, sanciona las trayectorias notorias y hasta el desarrollo de la valía personal. Prefieren las mentes cenicientas, las sociedades poco formadas (e informadas), los individuos mansos, anodinos y fácilmente manipulables con un fin obvio: perpetuarse en el poder.

Acaban de llegar al Congreso de los Diputados 53 millones de euros de experiencia, agudeza y know how. Y aunque es una buena noticia, existe riesgo de fracaso: es altamente probable que un personaje acostumbrado a regirse por los criterios de la meritocracia, a lidiar con el talento o a perseguir la excelencia en los resultados no se adapte a la hipocresía y la disciplina de partido que el devenir parlamentario conlleva. También acecha una amenaza innata a la condición humana: la política cambia a las personas.

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