El desbarajuste laboral

14/06/2019

Hernando F. Calleja.

Al margen de las bobadas dichas por eminencias del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social en relación con la incidencia del aumento del SMI, que no tienen recorrido ni político ni académico ni práctico, algunas informaciones coinciden en cuestiones nucleares de las relaciones laborales en España (Ya les advierto que repudio la denominación mercado de trabajo, cuando las partes contratantes son personas, no ilotas).

Enumero algunas, a modo de orientación, porque doy a los eventuales lectores por enterados en detalle de ellas. La Airef habla de que las Políticas Activas de Empleo en España presentan una eficacia “cuestionable”, término éste realmente piadoso. El Ministerio de Industria hablaba el jueves de la escandalosa regresión de la estructura productiva de la industria en relación tanto con el Valor Añadido Bruto como del Producto Interior Bruto, con las consecuencias previsibles en la estabilidad del empleo. Varias asociaciones patronales del ámbito de la química, de la construcción, de la refrigeración, la informática, por citar algunas inmediatas en el tiempo, reclaman otro sistema de formación profesional, porque no encuentran operarios formados en los niveles medios y tienen desaprovechados a los efectivos con niveles más elevados haciendo trabajos inferiores. Otras patronales preconizan ya un mayor equilibrio entre la retribución de la masa salarial, la remuneración al capital y la dotación tecnológica… Y nadie parece querer hablar del desempleo elefantiásico de Andalucía, de Extremadura, de Canarias… donde es tan evidente el fraude, el abuso de los recursos institucionales, la economía paralela,– de sumergida no tiene nada, porque se ejercita a cara descubierta en cada esquina–.

Podría seguir, pero creo que no es necesario. Remedando mis propios artículos anteriores, podría haber titulado este artículo como La España desajustada, pero me parecía demasiado redundante. Vayamos al grano. De todos estos testimonios se pueden sacar valiosas conclusiones para el futuro inmediato. El primero y más evidente es que la mejora de la capacitación laboral no carece de recursos, sino que aquellos de los que dispone no son eficientes. No se puede reclamar más dinero en políticas activas cuando el que se gasta, se gasta mal. Seguramente, una de las causas por las que se gasta mal es porque esas políticas no responden a un modelo de enseñanza cuyos contenidos se actualizan con la rapidez debida.

Otra de las causas es que el verticato –CEOE y sindicatos mayoritarios– monopolizan sistemáticamente la formación, sin servirse de la red de centros de formación profesional, que los hay públicos y privados, excelentes. Si el Ministerio de Educación y etcétera (que debería de llamarse de Enseñanza) asumiera el presupuesto de políticas activas de empleo y las integrara en ciclos de formación profesional reglada, con profesorado solvente, con cursos de horarios diversos, compatibles algunos con las jornadas laborales, se daría un paso de gigante en la cualificación de la población en cualquier edad laboral y para cualquier materia requerida por la industria o los servicios.

Y ya que hablo de Industria voy a prácticamente a repetir lo que dice el Ministerio de Industria en el informe tan pesimista de esta semana. El declive industrial español parece imparable y eso incide directamente en el empleo, en el que se pierde y en el que no se crea. Una calamidad, cuando es el puesto de trabajo en la industria el de mayor estabilidad, el que disfruta –es un decir– de los salarios más elevados, el que progresa más rápido en cualificación y adaptación tecnológica, lo que mejora la productividad. La pregunta es inmediata. ¿Se leen estos informes los altos funcionarios del Ministerio de Trabajo y etcétera? ¿Les dicen algo respecto a cómo conducirse?

Se prevé, aunque parezca difícil llevarlo a cabo con la precariedad de la mayoría gubernamental que se presume, que se va a dar la vuelta del calcetín a la regulación laboral. Si nos atenemos a las actitudes manifestadas hasta ahora, es de temer que un nuevo estatuto de los trabajadores sea un bodrio, más de principios del siglo XX que del XXI, en el que parece que vivimos.

Como tan frecuentemente ocurre en nuestro país, véase si no el Pacto de Toledo, veintitantos años de debates y nada entre dos platos, habrá comisiones de estudio, habrá propuestas ideologizadas, habrá retrovisor, mucho retrovisor, porque el franquismo nos dejó como legado una paz laboral paternalista y ficticia de la que los actores sociales no acaban de desprenderse y todos contentos, porque se despachará una leve reforma laboral, parcial y sesgada como placebo.

 

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