Estado de desconfianza

24/06/2019

Hernando F. Calleja.

Si alguna conclusión se puede extraer del proceso político que vivimos es que estamos en un estado de desconfianza. Nadie se fía de nadie. Es una situación primero curiosa y luego dolorosa. La hace curiosa el hecho constatado de que ni siquiera en el seno de un mismo partido o de una misma formación electoral, que no siempre es lo mismo, existe confianza entre los miembros. No se trata de una desconfianza, digamos, constructiva y un poco vanidosa, que se formularía como, yo soy mejor que ella o que él; yo lo haría mejor que ella o que él. La desconfianza dominante se formula de otra manera más contundente y más depurativa, yo sería mejor que ella o que él y, por lo tanto, yo debería estar en lugar de ella o de él.

No quiero que se piense que con este argumento, que está latente en Montesquieu y, desde él, en Rousseau, arrimo el ascua a mi crítica permanente al sistema electoral español, de listas cerradas y bloqueadas (admito que algo sí). En el seno de los partidos es donde se dirime la primera batalla por el poder y no pocas veces de manera cruenta, con la expulsión del perdedor a las tinieblas públicas o fuera del propio partido. Por eso, internamente, no puede haber confianza entre los miembros de un partido, sino una sorda rivalidad.

Es inevitable que esa desconfianza interna se proyecte aún con más potencia cuando se superan los límites de cada partido y la confrontación por el poder se produce entre diferentes partidos. Esa situación paralizante, obstructiva, es la que resulta más dolorosa porque, en primer lugar, ignora lo que la voluntad popular ha manifestado en las elecciones y, en último término puede acabar en otras elecciones, recabando de nuevo la voluntad de los votantes, para volver a las andadas, en un bucle injustificable.

En mi opinión, cuando unas elecciones no dejan una mayoría capaz de formar un gobierno por sí misma, todos han perdido las elecciones, porque todos han acudido espoleados por la presunción de la victoria. Unos son más perdedores que otros, lo que no reconocerán nunca ni hacia afuera ni dentro de sus organizaciones, pero todos han perdido. Si se aceptara esta situación creo que sería mucho más fácil llegar a acuerdos.

Si alguien se arroga que es más ganador que los demás, aunque esté muy lejos de la mayoría necesaria, es cuando las relaciones de desconfianza se disparan, todos contra todos, porque la contingencia de esta situación ni se plantea siquiera durante el periodo electoral. Nadie se atreve a atender las demandas del que tiene mayor número de escaños porque teme que cualesquiera otros puedan ofrecerse también, lo que les dejaría en evidencia ante su organización y sus votantes.

Cuando por fin se desvelan las posibles combinaciones, la desconfianza vuelve a enseñorearse de la situación. Entre la oferta de uno y las demandas de otros, lo lógico sería negociar y encontrar un equilibrio satisfactorio, pero no es así, porque el que se siente ganador no puede evitar la repugnancia que le produce el eventual socio perdedor, y esa repugnancia se traduce en una oferta miserable a cambio del apoyo. Entonces alguien, tratando de salvar los trastos (evitar unas nuevas e inciertas elecciones) propone que los acuerdos se lleven al papel, aunque se consideren reservados, en la confianza de que cualquiera de las partes puede recurrir a lo suscrito para encauzar las diferencias. Una práctica mercantil, con la diferencia de que el contrato es de exigible cumplimiento ante la ley y el acuerdo político solo progresa con decoro, vergüenza, honradez y responsabilidad de las partes.

Lo de los acuerdos programáticos firmados es la manifestación máxima del estado de desconfianza, pero apenas resuelve algunos problemas de menor cuantía, como los repartos de cargos y poltronas. Pero la acción política en modo alguno es circunscribible a un papel. Las circunstancias son cambiantes, los costos de oportunidad de las decisiones son volátiles, la actitud de la ciudadanía es movediza y las estrategias de todos los demás son imprevisibles. Los partidos lo saben, pero momentáneamente hacen como que lo ignoran, a la espera de que sean los demás los que den pasos en falso y poder deshacer sus compromisos.

No quisiera parecer un demagogo, que la lista pública ya es bastante nutrida, pero, ¿dónde queda el interés general? La respuesta es volver al bucle, porque cada partido tiene su interés general particular. Y así estamos.

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