‘La función por hacer’, El espectador juzgado

03/07/2019

Luis M. del Amo. Del Arco, Lennie y Elejalde reestrenan en el Kamikaze la obra que cambió la escena teatral madrileña.

Hace diez años un grupo de actores, en diversas encrucijadas personales y profesionales, decidieron montar Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello. Escribieron su propia adaptación y lograron estrenar en el hall del Teatro Lara. La calidad de la obra corrió de boca en boca. Hasta el punto de aupar a lo más alto del Olimpo teatral capitalino a sus autores que, con la misma efervescencia, consiguieron la proeza de consolidar en apenas un año, en apenas un instante, más bien, un espacio teatral de referencia, como es el Teatro Pavón Kamikaze, en el barrio madrileño de Lavapiés.

Hoy, una década después, vuelve La función por hacer, aquella versión de los Seis personajes pirandellianos a la escena madrileña, con sus intérpretes originales – Israel Elejalde, Bárbara Lennie, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez – escrita por Aitor Tejada y Miguel del Arco, y dirigida por este último.

Una adaptación que ha tenido en primer lugar el buen sentido de reducir su extensa nómina de personajes a lo más esencial, sin traicionar por ello el espíritu de su original. Y que atenúa asuntos, como el del incesto, para quedarse con la encarnación del drama de identidades y existencias contenido en el clásico de Pirandello, una amalgama de metateatro y poética del absurdo, y aun así lejos del aburrido raca-raca de cierta intelectualidad.

El argumento, en este caso, comienza con una función de teatro en la que una serie de personajes irrumpen en busca de un autor. Son entes salidos de la imaginación de su creador que luego han quedado desechados, en una suerte de limbo, y que vienen a reclamar la realización de su posibilidad de existir en una representación.

Los personajes terminan adueñándose del drama. Y a partir de ahí se despliega la función, en varias capas, con el espectador como catalizador. Del Arco, que ya ha mostrado su buen juicio a la hora de poner en escena sus obras, como en aquel memorable Misántropo, acierta también esta vez al configurar su espacio de representación. Una suerte de ring de boxeo, en cuanto a la disposición de la grada, entiéndase, que se alarga además hacia el patio de butacas y sus pasillos, por donde los actores corren y evolucionan, en torno al punto nuclear, el centro del escenario, donde eclosiona el drama.

Hay que detenerse aquí en el elenco y en las diferentes prestaciones exigidas por su director. Está por un lado la emocionalidad de alto voltaje, aunque absolutamente controlada, que deberán mostrar Montilla y Paso, excelentes en sus papeles de Actriz y Madre, respectivamente; la gran fisicidad de Prieto como Hermano Mayor; la vis cómica de Suárez, el Actor; y la ductilidad de ida y vuelta entre lo intelectual y lo más emotivo que deben dar Lennie y especialmente Elejalde; la Mujer y el Hermano Mayor, respectivamente.

Pero, aparte del bien concertado elenco y de la notable disposición escénica, llama la atención además el ritmo de la función. Con un principio de poco interés, en mi opinión, la obra crece a continuación a medida que el paso de los minutos le permite ir desplegando los temas que atesora el original hasta lograr con sus arranques dramáticos – verdaderos latigazos – interesar por completo el alma del espectador, gracias en parte a sus muy elocuentes pausas, llamadas a cerrar algunas de las escenas más conmovedoras, y que abren espacios a la conciencia del espectador, en ocasiones de forma sorprendente.

Silencios que obligan al espectador, sin la menor violencia, a detenerse ante lo que sucede ante sus ojos. Y en los que destacan en mi opinión aquellos referidos al Hermano Menor, en los cuales el espectador se sorprende a si mismo juzgando la agresividad del personaje, tomando quizás conciencia de la facilidad con que formamos una turba, presta al linchamiento.

Es en estos momentos en que el espectador es enfrentado a su propia forma de juzgar, según señaló Francisco Nieva en un prólogo a la obra original, donde la obra cumple su mayor empeño, en mi opinión. Que no es otro que el poner al espectador en el mismo centro del hecho teatral. O sea en las esquinas.

Muy recomendable.

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