No me voy a unir al grupo de plañideras que critican el método y el tiempo en la elección de los principales destinos políticos de la Unión Europea. No sólo no me uno a los coros de lamentos y desgarros de ropajes, sino que, para mí, el proceso ha sido todo lo contrario. El argumento más fácil sería comparar el proceso político español en el nombramiento de un ejecutivo que se demora mucho más, aún siendo producto de unas elecciones directas y con resultados más que evidentes. Pero, ni siquiera hay que recurrir a ello.
En un par de jornadas intensivas de discusión y el trabajo entre bastidores de los representantes permanentes, además de algunas bilateralidades, se ha podido conciliar la opinión de 28 gobiernos de 28 países de tan diversa identidad y naturaleza como Alemania y Malta, como Francia y Chipre, como España y Luxemburgo, por citar los extremos. Ya, pero el resultado…
Es cierto que el resultado, si se cumplen los pronósticos y algunos excéntricos que se sientan en el Parlamento Europeo no montan algún numerito de los que suelen, deja unas instituciones teóricamente bien guarnecidas, aunque no todas con unas personalidades arrolladoras. Ser popular o tener prestigio en los 28 al mismo tiempo es prácticamente imposible. Aquí lo que vale para juzgar es el ejercicio día a día, sin apriorismos. Yo, por ejemplo, he sido muy crítico con el presidente de la Comisión saliente, el besucón Juncker, que, sin embargo, ha hecho una travesía de las más difíciles y comprometidas para la Unión.
¿Alguno de los nuevos padece alguna dolencia política? Todos han tenido una práctica suficiente, pero la Unión es otra cosa y los que se han caído de las primeras listas no creo que fueran mucho mejores, simplemente eran los favoritas en el juego cruzado de partidos y estados.
No voy a hacer juicios de intenciones sobre ninguno de los candidatos al refrendo parlamentario, ni por su origen ni por su adscripción política y solo me voy a permitir ampliar mi comentario y de manera muy personal a la designación de Josep Borrell y a su persona. El futuro alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, que además se responsabilizará de inmigración y de las políticas de desarrollo, especialmente en África, ha sido dos veces ministro en España, lo es todavía en funciones, y sigue vivo y hasta respetado. Su predecesora Mogherini fue ministra de Asuntos Exteriores de Italia durante ocho meses, antes de llegar a su cargo europeo.
Borrell tiene una personalidad compleja. Es a veces afable y, al mismo tiempo, tiene un punto de soberbia. Se sabe inteligente y en alguna ocasión se le nota demasiado. En treinta y tantos años de trato como periodista le he elogiado y le he criticado, creo que casi por igual. Como secretario de Estado de Hacienda, era, como todos los que han desempeñado esa responsabilidad desde Francisco Fernández Ordóñez, mi particular enemigo público número uno. Lo siento, son fijaciones de liberal. Luego como ministro de Fomento nos entendimos mejor y como ministro de Exteriores, habiendo pasado fugazmente yo por este Ministerio, como asesor del ministro anterior, me he abstenido de comentar su peripecia, salvo algún comentario breve y puntual.
Me molestan los abundantes comentarios ruines y cicateros respecto a la postulación de Borrel para Alto Representante de la UE. En la mayoría de los que he leído observo una crítica por elevación a Pedro Sánchez. Su candidatura (qué sospechosa unanimidad al denominarlo migajas en el reparto europeo) a mi me parece estupenda. El cargo al que se le destina tiene un relieve institucional enorme dentro de la Unión, pero es sobre todo en el plano internacional donde le espera un cometido relevante en el escenario de la multilateralidad que se ha organizado en los últimos años. Me parece apasionante que también se encargue de la Inmigración y muy especialmente del desarrollo de África, una cuestión a la que me he referido en estas columnas (Europa y los tres imperios 17-5-2019) y que está en el futuro inevitable de la Unión.
Estoy satisfecho con el nombramiento de Borrell y hasta me aventuro, por una vez y sin que sirva de precedente, a felicitar a Sánchez por ello.
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