La abstención decisiva de Vox

10/07/2019

Luis Díez.

Aunque la política no sea una ciencia exacta, posee unas reglas compartidas por todos que en los sistemas democráticos comienzan por la interpretación cabal del voto, algo que a los cráneos privilegiados del centro-izquierda, Pedro Sánchez Pérez-Castejón y Pablo Iglesias Turrión, del PSOE y Podemos, se les resiste. Ni siquiera la percepción de los ciudadanos de la política como el segundo problema del Reino de España les ha animado a ponerse de acuerdo en la quinta reunión negociadora tras las elecciones generales del ya lejano 28 de abril. Iglesias rechazó incluso la posibilidad de ponerse manos a la obra en un plan de prioridades de la nueva legislatura. Quiere decirse que las medidas necesarias para recuperar la cohesión social y territorial le preocupan menos que los puestos en el Consejo de Ministros, donde crearía trifulcas y amagaría con la crisis en cuanto sus planteamientos chocaran con los de Sánchez.

De ahí que con buen criterio, el socialista le ofreciese desde el primer momento que aportara nombres de personas de reconocida valía en sus ámbitos profesionales, no sometidas a la disciplina de su partido, para ocupar cargos en el gobierno, incluidos ministros. Pero Iglesias, turris burris. No acaba de entender que las disensiones en el Ejecutivo son la garantía del desprestigio fácil y rápido. O quizás lo haya entendido tan bien que sea eso lo que quiere. No hay que olvidar que a la izquierda verbal (“transformadora” le llaman) siempre le ha ido mejor, en términos electorales, estando en contra que a favor y que el objetivo estratégico, irrenunciable, de Podemos (lo de “unidas” o “unidos” no es cierto) sigue siendo superar, reemplazar y machacar al PSOE. Iglesias estuvo a punto de lograrlo en 2016 cuando se alineo con el PP contra el PSOE, forzó nuevas elecciones y reforzó al PP de Rajoy.

La respuesta de la compañera y “número dos” de Iglesias, Irene Montero, en el sentido de que Podemos “es independiente del Ibex-35” frisa la sandez. La realidad, con independencia de las cuentas bancarias de esa dirigente, se describe por sí misma y hasta el momento indica que Iglesias y los suyos no desean que España tenga el gobierno socialdemócrata con ministros progresistas independientes que interesa a la mayoría de los ciudadanos, es decir, a la clase media y laboral. Si se tratara de construir una casa, decía Machado, de poco nos serviría lanzarnos correctamente los ladrillos a la cabeza. Más útil resultaría colocar bien la plomada y seguir los planos. En este caso, interpretar correctamente los resultados.

Si los ciudadanos hubieran querido que gobernasen Podemos y sus confluencias no le habrían retirado el voto, restándole 29 escaños (bajó de 71 a 42) ni habrían impulsado al PSOE con dos millones más de votos, añadiéndole 38 diputados más (subió de 84 a 122). Dicho de otro modo: si los ciudadanos no hubiesen querido un gobierno de Sánchez no hubieran sido tan claros el 28-A ni en las posteriores elecciones autonómicas y municipales, en las que Podemos siguió menguando en votos y el PSOE aumentando frente a la derecha tricéfala. Los electores fueron muy claros: en cuatro elecciones expresaron su preferencia por un gobierno progresista y moderado, un gobierno socialista. “No entenderían –dice la portavoz parlamentaria Adriana Lastra– un nuevo bloqueo de un gobierno de izquierdas”.

Pero la aritmética parlamentaria, que esta si es ciencia exacta, indica que si Pablo no se apea o un rayo divino no lo derriba del caballo y lo ilumina, ni el 23 ni el 24 del corriente Pedro saldrá investido presidente. Los del PSOE dan por descontado que no obtendrá la mayoría absoluta necesaria en la primera votación. En la segunda, veinticuatro horas después, necesita más votos a favor que en contra, lo que no será posible porque los 65 del PP, los 56 de C’s y los 24 de Vox suman 145 frente a los 122 del PSOE. Pero tendría gracia (y fundamento patriótico) que Vox, apelando al “antes roja que rota” y a la regresión que les pronostican las encuestas si hubiera nuevas elecciones, optase por la abstención y facilitara la investidura de Sánchez. La política no es una ciencia exacta, sino un juego de intereses.

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