Regreso al futuro

01/08/2019

Miguel Ángel Valero. Kasbah recupera los tres primeros poemarios publicados por Rodolfo Serrano en "Estaciones perdidas. Poesía reunida 1998-2010".

En mayo de 1998, Rodolfo Serrano publica su primer libro de poemas, «Especial para cócteles», editado por ExLibris, con prólogo de José María Álvarez e ilustraciones de Jerónimo Salinero. El libro está dedicado a su mujer, Juli, «el mejor trago de mi vida», pese a que el propio Rodolfo Serrano suele contar que ella, al encontrar esos papeles, preguntó: «Estas cosas son para tirar, ¿no?». «Espérate, que lo mismo alguien publica estos poemas», contesta el autor.

Menos mal que Rodolfo Serrano encontró quién publicara esos versos, porque merecen la pena. José María Álvarez aplaude en el prólogo que hablen sobre todo de cómo «el paisaje que más ha cambiado para nuestra mirada, para nuestra forma de entender la vida -haciendo saltar en pedazos nuestras más hermosas cristalizaciones- es la relación con las mujeres». Y critica que la poesía «salvo contadísimas excepciones, no parece tenerlo en cuenta».

En febrero de 1999, ExLibris, asociado con Pequod, publica «Al oeste hay apaches», con prólogo de Joaquín Pérez Azaústre, que embellece las columnas de opinión de diarioabierto.es, e ilustraciones de Pedro Arjona. El libro alcanzó dos ediciones, algo harto complicado en un poemario. Y en el prólogo queda claro que «Rodolfo Serrano no es un poeta, porque jamás se ha buscado la vida en la poesía, sino que ha hecho, a grandes trazos, a íntimos y castizos trazos, toda una poesía de la vida».

En mayo de 2010, ExLibris y Pequod vuelven a asociarse para publicar «La blancura de la ballena», con prólogo de Pablo Guerrero e ilustraciones de Jerónimo Salinero. En esa obra, que yo considero la mejor de todas las de Rodolfo Serrano por su original interpretación de «Moby Dick», «nos propone una aventira grande, trenzada de ternura, rabia, amistad, sensibilidad, ternura».

En mayo de 2019, diez años después de «La blancura de la ballena», Kasbah, dirigida por Miguel Ángel Altamira, reúne las tres obras en «Estaciones perdidas. Poesía reunida 1998-2010», con ilustraciones de Sandra Fiz y prólogo de Daniel Sánchez, primer editor de esos versos de Rodolfo Serrano.

Cuando se releen estos maravillosos versos, se comprueba que Daniel Sánchez tiene toda la razón en su presentación de «Estaciones perdidas»: «Hoy son tres libros necesarios para entender la poesía de Rodolfo, sus raíces y cómo ha madurado de forma espectacular construyendo un poeta imprescindible».

Porque, aunque pueda parecer ciencia ficción, «existen lugares donde las almas resucitan a la vida y se encuentran». Y me apunto a la petición de Daniel Sánchez de que «la ciudad de Madrid le debe una avenida, por escribirla con la belleza certera de sus versos y la magia descrita en sus rincones, donde está la vida».

Después de estas tres obras recuperadas en «Estaciones perdidas» por Kasbah, Rodolfo Serrano publicó «Los cuerpos lejanos», en diciembre de 2014, en Alsari, con  prólogo de Patxi Andion y epílogo de París Joel, e ilustraciones de Cristina Reina.

En junio de 2015, Huerga & Fierro publican «El llanto de Aquiles», una espectacular relectura de «La Iliada», dedicada a sus nietos, «para que encuentren su Troya deseada».

En 2016, Renacimiento publica la antología «Fábricas abandonadas».

Como el asesino que siempre vuelve al lugar del crimen, Huerga & Fierro repiten con «Mapa de carreteras», con una cita de «Habitando el exilio», del añorado Manuel Conde: 2El mañana se acerca como una esponja limpia. Se borrará tu nombre igual que borra el agua unas huellas oscuras grabadas en la arena».

Pero nunca se borrarán los versos de Rodolfo Serrano, porque escribe de las cosas sencillas de la vida, de la supervivencia (siempre digna), de las emociones, de la amistad, del amor (con sus encantos y con su ruina). En definitiva, de todo cuanto importa a los seres humanos.

Por eso releer los primeros versos publicados de Rodolfo Serrano nnunca puede ser un ejercicio de nostalgia, sino un regreso al futuro. Porque nunca quedó tan claro el acierto de la proclama de Gabriel Celaya sobre que la poesía es un arma cargada de futuro.

 

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