Los teóricos de la guerra han dejado bastante literatura. Tengo a mano a Sun Tzu y a Carl von Clausewitz. El clásico chino escribió El arte de la guerra, que es una colección de aforismos que tiene mucho éxito ahora en las clases de las escuelas de negocios; el general prusiano, con el laconismo propio del estilo militar, se limitó a titular su tratado De la guerra. Ellos son las fuentes de las que se nutren algunas ideas de este artículo y la inspiración de algunos de los aforismos que aquí y allá voy dejando sobre la guerra comercial en la que nos debatimos estos días.
Empezaré por una pregunta nada ingenua. ¿Quién es tan estúpido como para iniciar una guerra que sabe que no va a ganar? Sí, ya sé que todos tienen un nombre en la cabeza. Han acertado. La estupidez radica en que el objetivo no va a ser alcanzado o no va a ser alcanzado de manera inmediata y rotunda. En las guerras comerciales, como en las otras, si aunque aparentemente ganes, no consigues el objetivo, te has desgastado inútilmente y, al cabo es como si hubieras perdido.
Si el objetivo del iniciador de esta guerra comercial, presidente de un país democrático y, por tanto, sometido no solo a presiones, sino a limitaciones de la capacidad de decidir y con fecha de caducidad para su mandato, es acabar con las malas prácticas mercantiles de un país autocrático, sin limitaciones políticas ni morales y con capacidad para sobrevivir al adversario, el objetivo es necesariamente fallido. Dice Sun Tzu: “ Hay que comparar cuidadosamente al ejército opositor con el propio para saber dónde la fuerza es superabundante y donde deficiente”. No creo que Donald Trump haya puesto un gramo de inteligencia en esta guerra comercial, más bien, solo testosterona.
¿Quién ha sido tan incompetente como para iniciar una guerra en la que todos los contendientes van a perder? Sí han vuelto a acertar la respuesta. Y es que no hay guerra comercial que no deje en las cunetas a todos los combatientes. Las guerras comerciales no tienen un solo teatro de operaciones y nadie puede considerarse ajeno al conflicto y mucho menos protegido de sus efectos devastadores. Veamos, por ejemplo, los mercados financieros europeos, sacudidos convulsivamente por los avances y retrocesos de la guerra de Trump. Estoy por decir que no hay barrera comercial suficientemente segura y que el armisticio de una guerra mercantil se firma por simple extenuación.
El proteccionismo, más aún en la globalización, no es una vacuna contra la incompetencia, es justo de manifestación de esa incompetencia. El proteccionismo es intrínsecamente injusto dentro del propio país que lo practica, pues con favorecer a unos pocos, grupos sociales, lobbies empresariales, clientes políticos…se perjudica a otros grupos sociales, a otras industrias, a los ciudadanos y consumidores. Además, genera automáticamente corrupción, disolución social y perjuicio económico. ¿Lo sabe el genio de la Casa Blanca? Me temo que su corte no le advierte de su desnudez.
El proteccionismo es un arma de destrucción masiva. La mecha son los aranceles, pero abrasa los tipos de cambio, incendia los tipos de interés, arrasa los mercados financieros, dispara los déficits públicos, arruina a los ahorradores… No es una descripción apocalíptica, aunque lo parece. La globalización es eso.
Acabo como empecé, con una referencia a Clausewitz. La guerra es natural, porque existe el odio y porque existe el miedo; la guerra tiene algo de racionalidad, de cálculo, de expectativas; la guerra es, sobre todo, azar. ¿Quién es el incompetente que inicia una guerra azarosa?. No lo digan. Ya sé que lo saben.
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