Expertos. ¿A quién arruinamos hoy?

13/08/2019

Hernando F. Calleja.

No me voy a preocupar por quién lo ha dicho ni en que sesuda revista científica lo ha publicado. Tampoco de si se trata de una firma única o un colectivo. (Qué más quisieran, que mi memoria, que está casi repleta, les dejara un hueco para ellos). Son los expertos, cuidado.

Una de las experiencias que deberíamos seguir a pies juntillas, sin sentido crítico y mucho menos sin hacer la menor chanza o poner en duda su incuestionable capacidad, se refiere a los hábitos alimentarios. No hay ni un solo día en que no se nos trate de imponer una dieta o coaccionarnos para que no comamos algo, por parte de algún experto libre de toda sospecha.

En un mundo sin barreras informativas, me parece un insulto que  presionen a un ciudadano de Chad o de Burkina Faso para que consuma una dieta rica en vegetales o en carnes, como si en esos países y en otros cien del planeta hubiera una endemia de gordura mórbida. El ciudadano de esos países que tenga la mala suerte de acceder alguna vez a internet, estará tentado a afiliarse a cualquier grupo terrorista que le asegure que podrá acabar con unos cuantos de estos expertos que le increpan.

Tengo la sensación de que un experto o varios, se levantan cada mañana y los primero que se plantean, antes incluso de hacer pis y lavarse los dientes, es ¿a quién arruinamos hoy? Y piensa que los fabricantes de inodoros deberían morder el polvo, porque son agentes compulsivos de la propagación de gérmenes patógenos, incluso de enfermedades venéreas, por no resolver de una vez por todas, la limpieza de la tapa cuando ellos mean fuera del tiesto.

Otros que indiscutiblemente merecerían un informe corrosivo son, sin duda, los fabricantes de cepillos de dientes, que lejos de limpiar como deben, se dedican a hacer sangrías en las encías. Siguiendo con su jornada, podrían ser víctimas adecuadas los productores de beicon, las abuelas que hacen un bollo esponjoso, los granjeros que fabrican demasiados huevos y, por supuesto, las gallinas superponedoras (más de 340 huevos al año, oiga) que si no fuera por los expertos, habrían superpoblado el globo de bípedos plumados y habrían diezmado la población mundial con su pestes aviares cíclicas.

También podrían tramar un informe incontrovertible sobre, por ejemplo, los fabricantes de pilas de su tableta, de su teléfono, de su audífono (hay mucho experto sordo), de su marcapasos… Pilas, millares de pilas, millones de pilas sin saber qué hacer con ellas. Hay que hacer una encuesta científica sobre las pilas y sus efectos en la salud, en la potencia sexual, en las erupciones de la piel, en la alopecia (hay mucho experto alopécico). Hagámoslo. Un informe apocalíptico, faltaría más.

Y esas bebidas que nosobligan a tomar . Resulta prácticamente imposible decidir cuáles son las más peligrosas, las que producen peores digestiones, las que ocasionan mayor ventosidad. En realidad habría que acabar con todas ellas, por lo que hay que hacer una conferencia mundial de expertos para anatematizar todo bebestible que no se agua y de ésta, a saber cuáles habría que rechazar también. Con un año de reuniones en diversos balnearios de lujo, habremos sacado las consecuencias oportunas.

Por supuesto, cualquier número de expertos, incluso uno solo, pueden excomulgar el ahorro, porque es insolidario; pueden hacer caer una empresa que fabrica neumáticos, porque a veces se pinchan; pueden provocar una crisis económica porque un fatuo primer ministro sigue sus consejos; pueden conseguir el enriquecimiento súbito de alguno, porque le aconsejaron o desaconsejaron determinada operación mercantil.

Y no quiero hablar de los expertos sociólogos y politólogos (emergentes) que nos aturden explicándonos con toda solvencia por qué nuestra tía bisabuela votó en un pueblo de León a don Práxedes Mateo Sagasta en las últimas autonómicas, creyendo que aún vivía.

Son, en definitiva, los expertos que nos tienen cercados, anulados, sin voluntad. Nos hemos sometido casi sin resistencia a su capacidad de manipular. Nos tienen hipnotizados o más bien, idiotizados con sus sesudos trabajos, publicados en diarios económicos de prestigio (¿?), en revistas científicas y hasta en alguna viñeta humorística.

¿A quién hay que arruinar hoy?  

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