Defensa de la UE, aunque no me guste del todo

21/08/2019

Hernando F. Calleja.

Muchos compañeros, algunos dilectos amigos, estremecidos por las tragedias diarias en el Mediterráneo, en las galeras forzosas de las tertulias radiofónicas y televisivas, han concluido con melodramatismo que “Europa (entiendo que la Unión Europea) no existe”;  que “Europa es un fracaso” o que “Europa no vale para nada”.

Son ese tipo de afirmaciones que tratan de reflejar más el enfado, la indignación, la emoción y que nada tienen que ver con esas sentencias tomadas en sentido literal, pero que en su error, resultan lesivas para el proyecto europeo, porque no son ciertas, aunque anímicamente sean explicables.

Europa, la Unión Europea, existe; la Unión Europea es un éxito y la Unión Europea ha servido y sirve de mucho. Si no existiera, si no fuera un éxito, si no fuera útil para sus ciudadanos, ¿cómo explicar el anhelo de millones de personas de llegar a la Unión, de quedarse en la Unión, de progresar en la Unión?

Que el muy complejo problema migratorio no tenga un tratamiento y una solución europea no es un problema europeo, sino de cada uno de los estados miembros de la Unión, que no han declinado la competencia plena de esta materia a favor de las instituciones europeas.

El principal éxito de la Unión Europea es, sin duda alguna, la vigencia total de los derechos humanos, de la prevalencia del derecho y las garantías individuales. ¿Hay alguien que no lo reconozca así?

Los ultranacionalistas británicos que han arrastrado a sus ciudadanos al Brexit hablan y se justifican en otras cosas, sentimientos, historia, emociones, intereses, por supuesto y de alienidad respecto al Continente, cuestiones que para ellos tienen más peso que el pragmatismo que todos creíamos que era el núcleo de su idiosincrasia. A ninguno de ellos le he oído o leído que hayan sufrido menoscabo de sus derechos.

¿Y los populistas de toda laya que han crecido en los sobacos de la Unión? Denuestan la Unión, la desprestigian, dicen querer destruirla, pero medran  dentro de su sistema, se incrustan en sus confortables y participativas instituciones, pontifican contra ella desde los púlpitos que ella misma les presta.

Que Europa no sirve, ¡vaya broma de mal gusto! Ha servido para crear una zona de paz envidiable, para sellar amistad entre quienes se diezmaron con guerras hace menos tiempo que nuestro doloroso conflicto civil, aún no cicatrizado. Decía Vargas Llosa el domingo pasado. “…Hay que tratar de adelgazar las [las fronteras]  poco a poco hasta desaparecerlas del todo. Está ocurriendo, sin duda, y esa es una de las buenas cosas de la globalización…” 

Así es en la Unión Europea donde los viajeros pasamos de país en país sin trabas; donde nuestras mercancías discurren por todos los mercados; donde los trabajadores circulan libremente;  donde, en muchos casos, no tenemos que cambiar  la moneda…

¿Es todavía necesario exteriorizar estas reflexiones? ¿Somos tan tontos o tan acomplejados como para que millones de fugitivos busquen su amparo entre nosotros y no darnos cuenta de que es por nuestro modelo de vida, por nuestra multicolor arquitectura de valores, de derechos, de responsabilidades cívicas y de bienestar económico? Que se lo pregunten a las decenas de millones de emigrantes y refugiados que viven ya dentro de nuestras fronteras.

Perdemos mucho tiempo entretenidos en lo obvio. ¿Es deseable que haya una política europea  integrada para las migraciones? ¡Claro que sí! Pero no haber conseguido esa meta no invalida mi orgullo de europeo, mi satisfacción de europeo, mi esperanza de europeo.

(Perdonen mis compañeros periodistas si consideran que me he aprovechado de su momento de debilidad emocional . No era mi intención).

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