Seguimos sin constituir el gobierno de España, pero acaban de conformarse los gobiernos autonómicos y municipales que son tan Estado como el gobierno central. Estoy seguro de que no hay nadie que niegue en ninguno de estos gobiernos que el futuro de nuestro país se ventila, en buena parte, en la Formación Profesional (FP) de nuestras trabajadoras y trabajadores. Otra cosa es que todas y todos tengamos en la cabeza el mismo modelo de FP que necesitamos y queremos. No es un debate exclusivo de España, sino de toda la Unión Europea, que tiene diferentes respuestas en cada Estado.
En unos países se piensa en una FP cuyo objetivo prioritario sea conseguir un aprendizaje permanente a lo largo de toda la vida. Optar por esta vía significa pensar en las empresas, pero también en las personas. Para empezar habría que integrar todos los sistemas de formación, evitando que la Formación Profesional sea una vía paralela, de segunda categoría y que la Formación para el Empleo deje de ser eso que denominamos que funciona como un subsistema desgajado con reglas distintas.
Las competencias profesionales deben integrarse bien con el aprendizaje de habilidades más generales, de forma que la Formación sea continua y forme ciudadanía activa, participativa, con habilidades profesionales concretas y capaz de adaptarse a los cambios. Eso significa que centros públicos y privados, universidades, centros de FP, o de Educación de Adultos, deben ser reconocidos como proveedores de formación.
Los itinerarios formativos deberían ser mucho más flexibles, permitiendo el paso de unos centros a otros y poniendo en marcha mecanismos de reconocimiento de experiencia formativa y profesional para pasar de unos niveles a otros. Para hacerlo posible la coordinación entre instituciones estatales, autonómicas y municipales, entre empresarios y sindicatos y la gran variedad de centros de formación, debería verse asegurada.
Hay, sin embargo, otras visiones que insisten en una FP más centrada en la cualificación profesional, con centros formativos y responsables de la gestión distintos, específicos, diferenciados. Una formación articulada como subsistema educativo. Establecer las cualificaciones necesarias y vincularlas con los puestos de trabajo, poniendo en marcha prácticas en las empresas, es esencial en este modelo.
Sin embargo, una de sus debilidades puede consistir en que los cambios tecnológicos suelen ser muy acelerados y adaptar las cualificaciones puede exigir una flexibilidad difícil de garantizar con este modelo. Lo mismo puede ocurrir con las profesiones cambiantes.
Existen, no obstante, concepciones mucho más instrumentales de la FP, al servicio de las necesidades en el corto plazo de las empresas. Sólo interesan los empleos existentes y las necesidades de cualificación inmediatas a base de procesos formativos muy cortos, lo cual exige unos sistemas muy ágiles en la detección de las necesidades formativas y un conocimiento exhaustivo del mercado de trabajo. Los contenidos básicos pierden importancia. La capacidad para aplicar transversalmente los conocimientos, también.
Es una visión que sitúa a las empresas y a los centros privados de formación como ejes sustentadores del modelo, al margen completamente del sistema educativo. Su punto débil es que la persona es tratada como un elemento del sistema productivo al que hay que reciclar para que siga formando parte del engranaje del sistema productivo.
Sin duda, el futuro de la Formación Profesional deberá tomar en cuenta elementos positivos de cada una de estas visiones, pero las competencias básicas, las destrezas transversales, la correcta integración de los diferentes instrumentos formativos, la participación empresarial y sindical, la colaboración entre instituciones y el objetivo de formar una ciudadanía participativa, seguirán siendo elementos que deberán formar parte del futuro de la FP.
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