Estupor y vergüenza ajena. Una vez en tierra los rescatados del Open Arms y a la espera de conocer su destino final, las primeras y más profundas sensaciones que trasmite el esperpento que ha rodeado la gestión de esta nueva crisis humanitaria en el Mediterráneo son precisamente esas: estupor y vergüenza ajena ante un melodrama en el que todos los actores son culpables y que h puesto en evidencia la insolidaridad, la descoordinación, los egoísmos y la ineficacia de un Europa que también aquí ha vuelto a demostrar que el término “Unión” con el que pomposamente se denomina no es sino una ficción tan falsa como las declaraciones y principios de los gobiernos y la clase política de los países que la integran.
Unos gobiernos y unas organizaciones que se pretenden humanitarias que han convertido un drama humano en un reality show por fascículos en el que el único objetivo que se perseguía era el de ganar la batalla de la propaganda utilizando la tragedia humana para conseguir réditos electorales, personales o legales.
Un juego de impostores e intereses en el que todos los protagonistas son culpables. Empezando por el radicalismo populista del histriónico Matteo Salvini, cuyo anacrónico patrioterismo ha llevado al más absoluto de los descréditos a un país, Italia, y a un gobierno italiano en el que el ministro del Interior se pasa por el forro las instrucciones del primer ministro, Giuseppe Conte que acaba dimitiendo ante la lógica ingobernabilidad de un Ejecutivo fruto de una alianza antinatura. Un espejo, por cierto en el que deberían mirarse Sánchez y el PSOE antes de ceder a los cantos de sirena de Iglesias y sus (des)Unidas Podemos.
Impostura y postureo también en el gobierno español y de un Pedro Sánchez que, vistas las nefastas consecuencias de su “buenismo” en el caso del Aquarius han mantenido una posición, primero, de absoluta intransigencia, de improvisación y confusión después, para terminar con una propagandística oferta de acogida cuando ya intuía la decisión de la fiscalía italiana de permitir el desembarco.
Impostura también en Open Arms , sus dirigentes y los que comandaban el barco, empecinados en desembarcar a los rescatados en Italia, rechazando el atraque en otros puertos más cercanos como Malta o Túnez, y utilizado la precariedad y el riesgo sanitario de los rescatados para evitar dirigirse a puertos españoles, a sabiendas de que en España el barco quedaría neutralizado sine die por las autoridades españolas y se exponían a sanciones por incumplir el permiso legal para sus actividades, infracción por la que ya habían sido anteriormente sancionados.
Un caso este en el que el único actor no ha caído en la impostura, aunque si ha profundizado en su descrédito es la Unión Europea que se ha puesto, como siempre, de perfil. Ni una mala palabra, ni una buena acción, ni interés en acordar una política común de emigración, como en otras tantas. Así son los euroburócratas de Bruselas cuyos salarios son tan generosos como su inoperancia.
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