La primera vez que tuve noticia de que algo pasaba en Cuelgamuros, aunque yo era todavía un crío por debajo de la decena, fue a través de un artículo de Indalecio Prieto, que se titulaba Cuelgamuros Hilton, publicado en una revista mexicana. El prócer socialista ironizaba sobre el apabullante mausoleo que se preparaba Franco, construído por los presos políticos del Régimen. Un artículo que mi padre llevaba recortado en algún recóndito bolsillo y que solo enseñaba a los más allegados. No a mí, claro, que tuve que leerlo a hurtadillas, porque no era cosa de niños. La curiosidad me mata.
La segunda vez que me hablaron, no ya de Cuelgamuros, sino del Valle de los Caídos, tiene para mí, aún hoy, un recuerdo terrorífico que confío en no transmitir a los lectores. Espero, por el contrario, que les provoque una sonrisa. Paso a esta historia verídica.
Cuando niño yo tenía una buena voz de las llamadas blancas. Era carne de escolanía. Y en ellas, con toda modestia diré que fui solista, lo que me permitía aprobar algunas asignaturas de las que no me interesaban nada, especialmente la de Religión. Mejor era cantar latinajos que estudiar cosas que no entendía (hoy tampoco).
Como miembro de familia numerosa de primera, digamos que era razonablemente prescindible, ya que, en aquella época, no podía ser considerado más que como una unidad de gasto.
La parte de familia bienpensante e instalada creyó entonces que una manera de abaratar mi nómina podría ser pedir, con enchufe del abad Justo Pérez de Urbel, nada menos, una plaza en la escolanía del Valle. Dicho y hecho. Fui convocado a una prueba y allí me llevaron desde Valladolid, una mañana que empezó de noche, en un coche Mercedes negro que imponía.
Nada más llegar, aterido de frío y de miedo a aquellos lóbregos pasillos que me parecían interminables, me pasaron a una sala en la que había un monje, un órgano y unos bancos de iglesia. Aquél célibe (supongo) me preguntó qué cantos religiosos conocía, para hacer la prueba. La tía, en su estricto sentido familiar, que me acompañaba se introdujo en el interrogatorio para decir que no le extrañaría que de cantos religiosos no tuviera repertorio alguno. “Es una familia, ya sabe usted…”
Nunca le agradeceré bastante aquella suposición porque, sobre la marcha, cambié mi respuesta y aseguré, con falso aire de lamentarlo, que no sabía ninguna obra religiosa, lo que era una rotunda mentira, porque llevaba años de escolanía en escolanía y aún hoy recuerdo muchos latines.
El desesperado fraile me pidió que cantara lo que quisiera y yo le anuncié que cantaría Granada, de Agustín Lara. Levantó las manos del teclado como si le diera calambre y me hizo una seña para que empezara a cappella. Lo hice y no mal, aunque elegí un tono que me hacía sufrir en las notas más altas. Para mis propósitos fue una interpretación estupenda, pero al talar no le gustó en absoluto y cuando llegaba a la apoteosis del “lindas mujeres, de sangre y de sooooool”, su gesto de repugnancia me indicó que había dictado sentencia.
Regresé a casa. Unos días después, mi tía llamó descompuesta para decirnos que había sido rechazado, aunque suavizaban la decisión con el socorrido argumento de que mi voz blanca había empezado el inexorable cambio propio de la edad. Una manera de sosegar a la parte de familia bienpensante e instalada. Pero era una mentira piadosa. Seguí cantando en la escolanía del colegio y mi voz cambió, efectivamente, pero unos años más tarde.
Me libré del Valle de los Caídos de por vida. Nunca volví por allí, pero cuando paso por la Nacional sexta y veo la silueta de la cruz, todavía me da repelús.
Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.