La práctica totalidad de las encuestas que se están publicando tras la confirmación de nuevas elecciones incluyendo las que acertaron el 26-A -cocina del CIS al margen- coinciden en dibujar un diseño del Congreso similar al de la inútil legislatura recientemente terminada en lo que se refiere al reparto de escaños entre los bloques de la izquierda y del centroderecha, que imposibilitaría nuevamente una mayoría de Gobierno y la estabilidad necesaria que precisan los desafíos que amenazan desde dentro y en el ámbito internacional.
Conscientes de este muy previsible escenario, en Moncloa y en Génova saben de la imposibilidad de recurrir a una tercera convocatoria electoral y los socialistas asumen, además, que tras el 10-N no podrán sumar con Ciudadanos a tenor de lo que predicen los sondeos, y tampoco apoyarse en un Podemos al que han humillado y que también aparece como perdedor en unas encuestas que apuntan todas ellas a que la única suma posible para una mayoría sea la del PSOE y el Partido Popular -consolidados los primeros y con fuerte crecimiento los segundos- propiciando así el resurgimiento de un bipartidismo que a ambos interesa.
Así las cosas, en círculos de ambos partidos aseguran que el pasado mes de agosto se produjo y una reunión a alto nivel entre dirigentes de las dos formaciones para explorar la viabilidad de un pacto de legislatura tras los comicios de noviembre y, cuentan, que las opciones continúan abiertas. El giro al centrismo y la moderación de Pablo Casado y el desvío de las hostilidades de Sánchez hacia Iglesias y Rivera formarían parte de esta operación. A esto se une que las nubes negras que asoman en el horizonte en forma de recesión económica, Brexit, crisis en Europa, sentencia del procés, desafío independentista, y la paralización de instituciones y organismos reguladores pendientes de renovación, exigen una solución a la europea, respaldada por Europa y sin tentaciones demagógicas y populistas.
El dilema está en el cómo se concretaría el acuerdo si es que finalmente se produce, a sabiendas de que el gobierno de coalición que aparece a priori descartado. En este punto en el PP se apuesta más por un pacto con condiciones para facilitar la investidura y aprobar nuevos Presupuestos, pero manteniéndose en el liderazgo de la oposición, vigilando al máximo el cumplimiento estricto de los compromisos asumidos por un Sánchez del que no se fían, pero al que no pueden evitar.
Un pacto necesario y a la fuerza al que también favorecen factores meramente políticos como división del voto de la izquierda por el desembarco de Errejón y su Mas País, la fuerte abstención que se adivina y el retroceso previsible de los llamados partidos de la nueva política y que han defraudado en su comportamiento y actuación recurriendo a las mismas viejas que denunciaban.
De momento los populares entran con la proyección de una veintena más de diputados de salida en el inicio de campaña y la irrupción de una nueva fuerza política en el bloque de la izquierda sólo sirve para dividir el voto y sufrir la penalización con que la Ley D’Hondt castiga la dispersión de los sufragios como ya demostraron las últimas municipales y autonómicas, donde la aparición de Mas Madrid fue clave para que la coalición del PP y Ciudadanos recuperara el Ayuntamiento y conservara la Comunidad.
Los sondeos tras esos comicios revelan que Mas Madrid arrebató más de 200,000 votos, un 48 por ciento, a Podemos y un 13 por ciento de sufragios al PSOE, y los expertos apuntan que esta situación podría reproducirse en las inminentes generales. Incluso hay ya más de una encuesta que predicen una pérdida de entre dos y cinco al PSOE. Difícil, sí; pero no debemos olvidar que, como se ha encargado de recordar Pablo Casado, “las elecciones las carga el diablo”.
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