Estado de ansiedad

03/10/2019

Hernando F. Calleja.

Hace una semanas escribía yo aquí sobre el Estado de desconfianza, que impedía la formación de una minoría suficiente para disponer de algo tan aparentemente importante como un presidente de gobierno. La desconfianza actuaba como un fuego cruzado, horizontal y vertical. O sea, que nadie cree en nadie y nadie espera nada (bueno) de nadie. La desconfianza, en las trincheras políticas actuó como gas paralizante. El público asistía sorprendido unas veces, irritado casi siempre, a la escenificación de El desdén con el desdén, no en clave amorosa (acaso también) sino parlamentaria.

La situación ha evolucionado a peor y ahora, a esa desconfianza, se une la ansiedad. Ya no se trata de seguir un divertimento aparentemente gratuito en la televisión, con todos los ingredientes del vodevil, puertas que se abren, teléfonos que suenan, puertas que se cierran, teléfonos que nadie atiende; arrumacos en un rincón, celos en otro, insinuaciones más allá, sobeteos más acá. La comedieta ya no tenía más recursos, no había más espejos ni trampas.

Y salen los actores al proscenio y nos dicen a los espectadores atónitos que ha llegado nuestra hora, que el escenario es nuestro y que nos pongamos a ello porque hay carencias y necesidades para las que es urgente proveer. Imagínense a sí mismos saltando a la pista, deslumbrados por la luz, sin saber qué decir ni a quién dirigirse. Sin apuntador ni director de escena que te ayude. Ahí se las componga, distinguido público, sáquennos de nuestra zozobra, apiádense de nosotros y permítannos volver, cuando tengamos un nuevo papel que declamar, porque, al fin y al cabo, la culpa de nuestro fracaso la tienen ustedes, porque, como un día dijo Alfonso Guerra, el pueblo es el que se ha equivocado.

Y así estamos, ateridos, paralizados, temerosos, angustiados. Preguntándonos unos a otros, ¿Cómo lo ves? En busca de una razón, de un argumento, de una esperanza, de una visión a la que agarrarnos y con miedo a que otro nos diga lo contrario y nos deje de nuevo en medio de la pista y sin respiración.

No vale la pena preguntarse por qué ha sucedido esto, por qué estamos donde estamos y quiénes son los culpables, porque inmediatamente algún tonto dirá que la culpa la tenemos todos, que es la manera socorrida de exculpar a los responsables. Pues no, oiga. Los responsables tienen nombres, apellidos y siglas. De ellos es la culpa; nuestra es la ansiedad.

 

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