El farol de Draghi

25/10/2019

Hernando F. Calleja.

Una de las razones más poderosas para que un servidor no haya sido considerado un periodista de cuerpo entero, a pesar de haberme dedicado ya va para 52 años a este oficio, es que nunca he sabido jugar al mus. A decir verdad, ni siquiera lo he intentado, porque cada compañero que se ofrecía a enseñarme lo hacía desde la condición de campeón del mundo absoluto y claro, había que dudar que hubiera tantos campeones del mundo y que, además, fueran periodistas.

Hago esta introducción porque voy a utilizar un símil recurrente, que es el de jugar de farol, que entiendo que se trata de hacer creer a los demás jugadores de la partida que uno lleva una jugada ganadora, cuando la realidad es que las cartas no sirven ni para quitar las migas de la mesa. Y así lo hizo Mario Draghi, con aquella rimbombante afirmación de que se hará todo lo que haga falta. Lo dijo, y quienes tenían que creerlo, lo creyeron, aunque probablemente el presidente del Banco Central Europeo, en aquel momento, no disponía de los instrumentos necesarios para hacer lo que hacía falta.

A veces, la economía tiene esas cosas y los banqueros centrales pasan ocasionalmente a la historia porque, por sí o por algún asesor avisado, dan con una frase clave con tantos sobreentendidos y tantas lecturas posibles que suscitan una nueva situación, una certeza, un alivio.

No, no quiero trivializar la función de los banqueros centrales ni dejar la imagen de que buscan con más ahínco una frase que una respuesta técnica. No es así. En el Consejo del BCE no se juega al mus (que uno sepa) sino que se utiliza una lenguaje técnico elevadísimo y complejo bastante alejado también de la política.

Mario Draghi ha combinado su extraordinaria preparación en política monetaria con una gran agudeza analítica. Entendió, por ejemplo, que en el Ecofin celebrado en Chipre sobre la crisis en Grecia, Alemania expusiera que, hicieran lo que hicieran Varufakis y Tsipras, contarían con el apoyo alemán para no salir del euro. Esa “debilidad”, inscrita en el doble juego alemán durante toda la crisis, fue sagazmente aprovechada por Draghi para lanzarse a medidas mucho más ambiciosas.

Draghi se va y creo que hizo lo que había que hacer. Es evidente que la políticas de tipos cero o negativos tienen efectos indeseables y eso no le da mucho recorrido. Creo también que, con todos los respetos, Christine Lagarde no es la persona más indicada para presidir el BCE, porque su experiencia en política monetaria no es la que en un momento tan complejo se necesita. Los debates técnicos en el BCE, requieren una preparación muy específica y acaso tenga que buscar apoyos en el Consejo. La incógnita es hacia dónde, porque el Consejo del BCE no es un órgano compacto e incondicional y de su actitud pueden surgir divisiones poco recomendables en tiempos en los que una nueva incertidumbre se cierne sobre el euro.

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