No pasó lo que tenía que pasar

01/11/2019

Hernando F. Calleja.

A la hora en que estoy escribiendo debería estar con cara de funeral, abatido y abrigándome para el temporal bursátil de un brexit abrupto, sin acuerdo y por la tremenda. Pero no es así porque no se cumple la mayor, el brexit, ni las menores, las trágicas consecuencias.

En Europa estamos acostumbrados a salir por peteneras, unas veces retrasando los relojes, porque hace falta más tiempo para redondear un acuerdo; otras veces parando el reloj del todo, porque lo que falta para el acuerdo antes de que se cumpla el plazo todavía dista de estar a punto para firmar.

Quienes hemos seguido con detalle la peripecia europea reunimos anecdotario suficientes para llenar un libro de esos que no se venden ni por Navidad. Recuerdo, por citar dos situaciones a modo de chascarrillo, en las que un ministro fingió un virulento ataque digestivo que lo retuvo por dos veces y por mas de una hora cada vez en un retrete de una sede de la UE. Me confesó que echó en falta un buen libro, de donde deduje que era de tracto lento, o sea, estreñido, ya que, los que tenemos esa penosa condición, nos hemos hecho una cultura sentados en el inodoro.

En otra ocasión, menos escatológica, un comisario europeo fingió un encierro en un ascensor durante casi dos horas, hasta que le avisaron de que la firma ya estaba consensuada. Nadie comprobó la coartada, afortunadamente, porque no estaba en ningún ascensor. No pregunten dónde se hallaba, porque uno es un caballero y no va a decir nada.

Esta vez no ha sido necesario agotar el plazo. Sabíamos que no había salida y casi se puede asegurar que, cuando se produzca, no será de un portazo. Por tanto, cuando estoy escribiendo, en vez de seguir de reojo una televisión enfocada en el 10 de Downing Street o en el pleno de los Comunes, miro una de esas magnificas series británicas, una distopía inquietante sobre el Reino Unido invadido por los nazis y una anárquica y heroica resistencia.

Los despistados que puedan haber leído alguno de mis artículos saben que siendo de origen afrancesado, no dejo de respetar y admirar el modelo de vida británico. Y que he sostenido que la UE sin el Reino Unido es menos Europa y, sin embargo, el Reino Unido será irrenunciablemente Europa, aunque a algunos de dentro y de fuera, les pese.

Por razones que no viene al caso estoy repasando algunos episodios del comienzo de la Transición española y veo con asombro los plazos perentorios en los que nos movimos entonces. Los Pactos de la Moncloa se despacharon prácticamente en los días 8 y 9 de octubre de 1977 en su contenido económico. ¡Dos días! Los pactos políticos, muchísimo más complejos, ya que desarmaban la estructura de la dictadura, se lograron entre el 8 y el 26 del mismo mes y año. Vertiginoso.

La Ley para la Reforma Política se elaboró en septiembre de 1976 y el 15 de diciembre del mismo año se aprobaba en referéndum, con todos los trámites procesales cumplidos. La Constitución Española se aprueba en diciembre de 1978, cuando la Comisión Constitucional había iniciado su elaboración el 22 de agosto anterior. También en esos procesos hubo parones, pataletas, ultimátum, salidas de todo y salidas al retrete, pero se hizo y en tres años desapareció una tenebrosa dictadura.

Escribo en un día cualquiera en el que pudo pasar lo peor y, de momento, no ha pasado. Albricias. No pasó lo malo que tenía que pasar.

 

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