La abstención decide

06/11/2019

Luis Díez.

El cálculo táctico del Pablo Casado, candidato del PP a la presidencia del Gobierno, era correcto. Él sabía que los datos del paro registrado en el mes de octubre iban a ser todo lo malos que se podía deducir de la cancelación de los miles de contratos temporales del final del verano, con la propina del enfriamiento de la economía, y quería celebrar el debate electoral con las cifras sobre la mesa. No lo consiguió. Pero esa realidad vital que el hijo político de la pescadora de ranas Esperanza Aguirre deseaba imputar al jefe del Gobierno en funciones y candidato del PSOE, Pedro Sánchez, está ahí y resulta insoslayable: 98.000 desempleados más, el peor mes de octubre desde 2012, el peor año de la crisis.

De antemano sabemos que los gobiernos no crean ni destruyen empleo, aunque facilitan las condiciones para lo uno y para lo otro. También sabemos que si la señora Merkel (que viene de mercado) no hubiese aflojado el puño de la inflación, el déficit y las condiciones del llamado Banco Central Europeo, los españoles habríamos sufrido un periodo de depresión económica y social más largo y, como decía el profesor Montoro, no hubiéramos sido capaces de asombrar al mundo con nuestro vigoroso crecimiento (a costa de los salarios, los recortes y el empleo basura).

Lo que desconocemos (y esta es la cuestión) es la influencia del desempleo en el voto. ¿De qué modo puede afectar la situación de más de 3,2 millones de desempleados registrados a los resultados del domingo? La campaña electoral ha estado marcada por la estridencia patriotera de los nacionalismos extremosos: los de la España una y los de la Cataluña una, esos que, como decía Machado, en vez de pensar envisten. Su carga de odio y gasolina oculta la voz de la mayoría constitucional de la España plural y diversa de nacionalidades y regiones y nos retrotrae a los tiempos de la crueldad y el atraso. Sería una desgracia alimentar en las urnas a esas opciones.

Es probable que en los caladeros del desempleo y la irritación social pesquen más los separatistas por un lado y los separadores xenófobos y patrioteros neofranquistas de Vox por otro. Sería una desgracia para Casado, de pronto amadrinado por Rosa Díez y sin un solo escaño de Euskadi y solo uno de Cataluña en las elecciones del abril. Y también para el PSOE y Unidas Podeos, que se reclaman defensores de la clase trabajadora y laboral. Pero también es probable que muchos de quienes han perdido el empleo hayan perdido también las ganas de votar. Quien lucha por lo esencial (sobrevivir) y sufre el desprecio del sistema no suele sentir aprecio él. Que les vote su santa madre.

En esta tesitura es fácil pronosticar un notable aumento de la abstención. Si a los abstencionitas empedernidos, los del refrán “se acabó lo que se daba, lo que se tomaba no”, se suman los que se creen el mensaje de que las elecciones no resolverán el bloqueo generado por la incapacidad de Sánchez e Iglesias de entenderse y los decepcionados por unos políticos mediocres (corruptos aparte), podemos situarnos ante una negativa superior al 35% de los ciudadanos a ir a votar. Luego dirán que faltó campaña.

¿A quién perjudicará la abstención? En una ocasión, allá por el año 2000, Joaquín Almunia (PSOE) y Francisco Frutos (Izquierda Unida) pactaron un programa común antes de las elecciones. La suma de los votos de ambos partidos en los anteriores comicios los situaba matemáticamente por encima del PP de Aznar. En el mitin de cierre de campaña de IU, en la plaza de la catedral de Sevilla, Felipe Alcaráz, que encabezaba la lista sevillana, me dijo: “Estamos buscando un millón de votos y no los encontramos por ninguna parte”. La abstención de la izquierda fue catedralicia. Aznar arrasó. La historia no se repite, pero algunos pasajes se asemejan. Y la experiencia indica que la abstención perjudica al más votado.

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