¡Cáspita! ¿Y a quién voto yo si hay unas terceras elecciones? ¡Menudo dilema…! Con lo que hay, es como dar un órdago a la grande llevando un par de ases… Los que sepan jugar al mus sabrán de lo que hablo, más bien de lo que escribo. Y ya que he mencionado el juego, no será necesario recordar, sobre todo si lo conoces, -al juego me refiero- que los faroles están permitidos, desde la grande a la chica, pasando por los pares e incluso a los treinta y uno del juego… Todo está consentido con tal de intentar superar al contrario. Superarlo y ganarlo, por supuesto.
Pero yo continúo haciéndome la misma pregunta ¿A quién voto yo si a nuestros conspicuos políticos se les ocurre llamarnos a las urnas una tercera vez?. Si esto sucediera -¡que los dioses no lo permitan, y nos asistan de paso!-, es casi seguro que el día señalado para bajar al colegio electoral me vaya al cine-club del barrio, me alquile tropecientas películas, si es posible de las del gordo y del flaco, me siente cómodamente en el sillón preferido, me coloque un daiquiri cerca de la mano derecha y un mojito al alcance de la izquierda -puede invertirse la colocación, sin duda,- y entre risa y sorbito, entre sorbito y sonrisa, me puedo prometer y me prometo que pasaré una tarde-noche espectacular, y hasta inolvidable, y que al día siguiente no recordaré nada de lo que haya sucedido. Y es más: espero volver a la consciencia cuarenta y ocho horas después o setenta y dos, una vez hayan dejado de hacer efecto los radicales o hache…
Lo malo del caso es que habrá que volver a la realidad. A la cruda realidad, cuando debería -el deber dicen los estudiosos que implica obligación- suceder que los campanarios de las catedrales hicieran resonar el bronce de las alturas para dar a conocer y entender, al común de los mortales, que, por fin, ¡aleluyaaaaa!, nuestros queridos y amados políticos, aunque unos más que otros en lo que se refiere al amor y al cariño, han recibido y asimilado el influjo de los señores del Olimpo a los que antes aludíamos…
Perdón por la dispersión. Lo que intentaba decir es que, al menos al día de hoy, uno no sabe si las huríes moran en la Moncloa y todos quieren disfrutar del momento, o si esas mismas huríes se parten de la risa, a carcajadas, por supuesto, al comprobar que no hay un funcionario fijo y que la interinidad puede alargarse en el tiempo.
Si yo fuera él, fíjate, fijaros bien, puestos a dar un aire nuevo a la cuestión que nos ocupa, yo, digo, rompería los lazos de los que quieren subirse al carro de las sabrosas jubilaciones, por mucho que hubiera un pre contrato previo, y ofrecer la mitad del reino a los enemigos de casi siempre. Se vertería sin duda mucha tinta de imprenta, digital u online… pero saldríamos del hartazgo de las sumas y de las restas, del contigo si, del contigo no, y de las “simplezas” por disfrutar de un palco en los toros, de una chabolilla con piscina en el extrarradio, de un asiento mullido en el aeroplano, o sobre la montura de un pura sangre… Señor, señor.
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