En estos días de balance anual, una convención más que se convierte en un vínculo casi obligatorio, cuando Fundeu busca la palabra más utilizada, yo prefiero bucear la idea más recurrente. Y hay una que me ronda en la cabeza, seguramente porque aún está reciente la Conferencia sobre el clima y también porque se ha hablado mucho este año de la España vaciada, expresión que parece que ha tenido fortuna, aunque ya expresé aquí mis dudas sobre su adecuación.
Hace unos días, una compañera, y sin embargo amiga, que decía Alfonso Sánchez, volvía a repetirla a propósito de esas calamidades estadísticas que de vez en cuando nos obsequian las instituciones, los institutos privados, las organizaciones, dichas no gubernamentales, pero bien subvencionadas, etc.
Y decía ella, algo habremos hecho mal esta sociedad para que esto ocurra, que es justo lo que institución, el instituto privado, la ONG o quien quiera que lanzara la estadística, esperan de cada uno de nosotros. Bueno, pues de mí, que no lo esperen.
Hace unos días asistí a la representación de una obra de la autora británica Lucy Kirkwood, titulada Los hijos. En esa función se refleja la tensión entre los pensantes del algo hemos hecho mal y quien asume qué he hecho yo mal. No creo que nadie que lea lo que escribo dude de cuál es mi posición. Desde luego no la que diluye las responsabilidades (y por lo tanto, el sentimiento de culpa) entre todos, entre la sociedad, entre el mundo occidental, entre la civilización capitalista… No mi posición no va por ahí, sino por los vericuetos de la responsabilidad individual, derive o no ésta en un sentimiento de culpa.
Comprendo que a muchos les viene bien que culpas y responsabilidades se disuelvan en un colectivo muy amplio o ilimitado. Es lo que corresponde a una más de las convenciones sociales. Incluso aparece, al ser formuladas en voz alta, como una pesadumbre, una asunción de culpa, pero en grado infinitesimal. En la obra que menciono, uno de los personajes, que tuvo un cargo importante en la construcción de una central nuclear al lado del mar y que, como la de Fukushima, ha sido destruida por una ola gigante, asume que es responsabilidad de ella misma volver a la central a reparar en lo que se pueda, el desastre.
No voy a reventar la función, por si alguien todavía quiere asistir, pero sí digo que esa es mi opción y mi actitud. La conducta de los individuos es la que esculpe su responsabilidad. Cuando alguien habla de la presencia española en América para destacar las atrocidades y añade que deberíamos pedir perdón, me parece inadmisible. He viajado repetidas veces a América. Allí no he infringido la ley, no me he aprovechado del esfuerzo de nadie y tampoco he pedido que se reconozca una herencia que, desde luego, no es la mía. ¿A quién y por qué, debería pedir perdón?
Este año que concluye se cumplió el sexagésimo aniversario de la catástrofe de Ribadelago, un pueblecito zamorano arrasado por la riada ocasionada por la ruptura de una presa. Una tercera parte de sus vecinos murió. Un caso parecido al que narra la obra de Lucy Kirkwood. Yo ya andaba por las calles dando patadas a las piedras. Como no había televisión, solo algunas fotografías, naturalmente filtradas, llegaron a los diarios, acompañando compungidos mensajes de dolor y de solidaridad por cuenta ajena. Pregunté a varias personas quién tenía la responsabilidad de aquella tragedia. Me quedé para siempre con la explicación del profesor Merino, que me explicó que debía desconfiar de quienes dijeran que no había más culpable que el infortunio o de quienes dijeran que era culpa un poco de todos. Y en eso sigo.
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