Inteligencia artificial y formación

28/12/2019

Francisco Javier López Martín.

Las tres cuartas partes de los ciudadanos europeos tiene miedo de que los robots terminen por arrebatarles sus puestos de trabajo. No es un miedo infundado, a la vista de los informes que estiman que la mitad de los puestos de trabajo podrían automatizarse en el medio plazo.

Por el momento no han aparecido en escena los ludistas de la enésima revolución planetaria, pero nunca se sabe. Según encuestas europeas, el 43 por ciento de los trabajadores y trabajadoras en Europa han visto cambiar las tecnologías que emplean en sus puestos de trabajo, al tiempo que un 47 por ciento ha comprobado cómo los métodos y las prácticas de trabajo se han modificado sustancialmente y todo ello en tan sólo los últimos cinco años.

Esto va a una velocidad imparable y los seres humanos corremos detrás de cambios permanentes que afectan a nuestras vidas, con la vana ilusión de mantener el tipo, la estampa y la apariencia de estar al día, a la última. Lo cual es imposible. El miedo es algo natural, pero en estos momentos parece formar parte de un destino fatal e ineludible.

La inteligencia artificial es un hecho, ha llegado para quedarse, avanza con tremenda rapidez. Los sistemas que permiten reconocer imágenes y detectar enfermedades como el cáncer han reducido su margen de error del 29 al 3 por ciento en poco más de siete años. El personal médico y de enfermería aprende aceleradamente a manejar esas máquinas, no a trabajar con ellas, sino a hablar con ellas y establecer diagnósticos tras escuchar las sugerencias del aparato.

Hablamos con nuestros teléfonos, les pedimos que nos busquen soluciones, nos den opiniones, tracen nuestros recorridos, nos sugieran lugares donde ir a comer, o de vacaciones, o traduzcan nuestras palabras a cualquier idioma. Sin darnos cuenta, al hacerlo, damos permiso para escuchar nuestras conversaciones, acceder a nuestras imágenes, enviarnos anuncios adaptados. Hablamos de un viajes, coches, ordenadores, ropa y recibimos ofertas sobre esos viajes, productos y servicios.

La Inteligencia Artificial no es otra cosa que diseñar sistemas que realizan tareas que hasta ahora requerían la inteligencia humana. Desde las percepciones visuales, reconocimientos de voz, o traducción de lenguas. Lo positivo, nos dicen, parece ser que así mejoraremos nuestra capacidad de predecir y prevenir, contar con mejores elementos para tomar decisiones. Lo negativo, puede ser que esas decisiones no sean tomadas democráticamente, sino por muy pocos, a golpes de una Inteligencia Artificial utilizada como instrumento para dirigir, planificar, orientar y gobernar nuestras vidas.

No faltan motivos para la preocupación. No es infundado el miedo de muchas personas a que los robots terminen robando sus puestos de trabajo. Todas las revoluciones industriales anteriores han suscitado ese miedo, ese alarmismo. Es cierto que podemos esperar cambios profundos en nuestras vidas y nuestros empleos. En el pasado desaparecieron determinados empleos y se crearon otros nuevos. Por el momento, nadie puede decir que vaya a pasar lo mismo y lo que percibimos es la desaparición de empleos cuando la Inteligencia Artificial aparece en escena en sectores industriales, comerciales, de servicios.

El miedo siempre triunfa cuando se cierran las puertas del conocimiento, el aprendizaje y la formación. Aprender y conocer es, sin duda la mejor manera de vencer el miedo. Formación en el uso de nuevas tecnologías, por supuesto.  Esa formación que debe prevenir la obsolescencia de competencias y la  descualificación. La que debe contribuir a evitar el aumento de la brecha digital y la fractura del mercado de trabajo.

Pero no sólo necesitaremos formación tecnológica. Necesitamos también formación y reflexión para entender las nuevas situaciones personales, laborales y sociales que se van a generar, que ya se están generando. Para entender los beneficios y los riesgos que la Inteligencia Artificial trae consigo.

Un proceso formativo que hay que abordar desde todos los ámbitos de la sociedad. No es ni puede ser, un asunto exclusivamente económico al servicio de las empresas. Tiene que ver con todo tipo de  organizaciones sociales, los sindicatos, las universidades, asociaciones vecinales, ecologistas, iglesias, feministas, solidarias.

Habrá que reflexionar sobre la seguridad, la privacidad, la identidad, la igualdad, los empleos, la utilización del big data, ese conjunto inmenso de datos que se combinan de forma compleja y se expanden continuamente. Y, además, hay que hacerlo, andar este camino, sin que podamos detener la marcha de los acontecimientos. Enfrentando la ambivalencia, la dualidad de los cambios en marcha.

La inmensidad de la tarea no puede desanimarnos, sino servir de aguijón y estímulo para promover el diálogo, el debate, la formación, el acuerdo y la reflexión sobre las relaciones del ser humano con la inteligencia de la Naturaleza y la Inteligencia Artificial. En ello nos va nuestra existencia como especie y la propia supervivencia del planeta.

 

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