‘Mammón’: Clasicismo en Las Vegas

10/01/2020

Luis M. del Amo. Vuelve a Madrid la acertada y fragmentada comedia de los catalanes Nao Albet y Marcel Borràs.

Vuelve a Madrid Mammón, uno de los acontecimientos teatrales de los últimos años. Y lo hace, de nuevo, agotando las entradas. Y logrando así la mayor aceptación a un espectáculo excepcionalmente medido, que es capaz de fascinar a un público compuesto tanto de ‘modernos’, como de aquellos que prefieren artefactos teatrales más ‘convencionales’.

Y es que esta Mammón logra su éxito precisamente a partir de la eficaz combinación de los elementos más ‘vanguardistas’, como la apelación al falso documental, la fragmentación y la proyección de vídeos, con uno de los recursos más viejos – y por otro lado más inasibles – como es el ritmo de la más loca comedia.

Un soplo de aire fresco – y cocaína – que se inicia con un anuncio, el de que la obra no se va a poder representar, que ejecutan dos narradores, y tras el cual comienza un fingido rastreo de los pasos de uno de los autores en un viaje a Siria, empeñado en levantar un espectáculo sobre el mito de Mammón como retrato de la avaricia.

Un periplo que, proyectado en vídeo sobre una gran pantalla, llevará la narración hasta Las Vegas, la ciudad del juego, donde los autores del espectáculo, Nao Albet y Marcel Borràs, acuden con la intención de multiplicar su caudal, y montar así un grandioso espectáculo en torno al mito.

Ni que decir tiene que lo que verá finalmente en escena no será ese Mammón pretendido; sino la crónica de ese viaje a Las Vegas, reconstruido mediante la soldadura de muy distintas piezas y dimensiones que se van uniendo con soltura y aparente facilidad, sobre un fondo cargado siempre de ironía.

Un viaje iniciático y obsceno por la ciudad de los casinos en un espectáculo que se deja al trasluz sus costuras, y que nos alecciona sobre el modo de revivir el teatro con nuevos elementos, y cinco intérpretes, como son, junto a Borràs y Albet, Irene Escolar, Ricardo Gómez y Manel Sans, que encarnan de maravilla a la muy poblada fauna de la ciudad del vicio, bien iluminados, y al son de una magnífica banda sonora, con gran economía escénica, por lo demás.

Una aventura que, a pesar de su fragmentación, nunca pierde de vista su objetivo para recrearse en lo formal; sino que, por el contrario, acomoda con acierto la panoplia de sus medios expresivos con el pretendido fin, que es esbozar el retrato de la desventura humana, presionada por un sistema que se asienta sobre una estructura moral equivocada.

Así, y evitando siempre enlodarse en manierismos, y conteniéndose incluso en aquellos momentos que parecen pedir una mayor experimentación, como por ejemplo en la felicísima conjunción de vídeo y escena, la obra logra al fin comulgar con el público, y recibe en compensación un caluroso aplauso, con la mayoría de la grada puesta en pie, al final del espectáculo.

Una tentación evitada. Y una metaficción, en suma, redimida por la comedia.

No se la pierdan.

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