La melonada del ministro

24/01/2020

Hernando F. Calleja.

Entiendo que por la tradición agraria, en mi pueblo, cuando se coloca un adjetivo vegetal a un paisano, se suele hacer con una cierta piedad, con ganas de destacar, pero no herir a alguien. Elegir el epíteto adecuado no tendría el menor problema para uno de los pocos labriegos que van quedando, pero, para los que mayormente nos hemos hecho en la ciudad, la tarea no es fácil. Y aún ahora en que ha llegado el momento de dejarlo por escrito, tardo en decidirme por melón por membrillo.

A ver que les suena mejor. La melonada del ministro o la membrillada del ministro. Como a las horas que escribo es improbable que el señor Tezanos se encuentre en su despacho y pueda encargar una encuesta de esas rápidas que tan bien improvisa, voy a tener que elegir si el soporte democrático que me hubiera gustado. Lo voy a dejar en la melonada del ministro.

Si es imprescindible diré que el ministro de la melonada es el titular de Justicia, aunque me pese. El hombre, en su afán de enseñarnos a los ciudadanos de a pie de lo que va eso que le han encargado y, probablemente, carente de la capacidad docente necesaria, a juzgar por su currículo oficial, ha dicho una barbaridad detrás de otra, sin cortarse un pelo y, de paso, ha dejado con las nalgas al aire a todo el que vuelva a hablar de memoria histórica.

Dice el jurisconsulto que eso de la sedición es del siglo XIX y por ello hay que regularlo de  otra manera, pongamos que equiparando la sedición a una falta de decoro en la playa, a beber un cubata en la vía pública o colgar la ropa interior en el balcón de la calle principal.

Pues va a ser que no, porque la aseveración del ministro es falsa de toda falsedad. ¿ Acaso fue en el siglo XIX cuando Junqueras et alia incurrieron en un delito juzgado y sentenciado como sedición? La sentencia es del año 19, no del siglo antepasado.

Por otro lado y estoy seguro de que sin darse cuenta (esto de que a uno lo nombren ministro atonta mucho) olvida en qué siglo Franco la lió parda y hasta cuándo fue el dueño de nuestros destinos. Esto, que es lo que da sentido a la existencia de algunos de sus compañeros de Gabinete, formulado popularmente como Memoria Histórica, vendría resultar tan remoto y tan sinsentido, como la Guerra de Cuba. Y yo no puedo estar de acuerdo con eso.

Tampoco saco de su fecha exacta 23 de febrero de 1981, aquella recordada tarde en la que algunos probamos el sabor de los ácaros de las alfombras del Congreso. Tampoco estoy muy dispuesto a que el ministro lo califique de antigualla, porque a las maniobras entreguistas de su partido les venga bien el telonazo decimonónico.

Así que la melonada del señor ministro de Justicia exige una reparación urgente y, lo que sería conveniente y práctico, que alguien le dé un barniz de historia, que con las emociones del cargo se le han apelotonado las fechas.

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