De manera violenta ha surgido el debate educativo pendiente en nuestro país desde el comienzo de la presente etapa democrática. Ha habido varias reformas en las leyes educativas, pero no un cuestionamiento inicial y profundo de lo que debe ser el arte de proporcionar a los jóvenes el cúmulo de conocimientos que precisan para abrirse paso en la vida y para favorecer el ideal de la igualdad de oportunidades en el punto de salida de la infancia.
Ahora se ha producido un debate corto y vacuo sobre una cuestión, sin embargo, sobre la que ya deberíamos tener una aceptable consonancia civil. Los hechos demuestran que no es así y que en cualquier momento pasamos del sarpullido a la herida profunda, para volver a cerrarlo en falso. Una calamidad repetible.
Durante los primeros años del siglo XX, incluidos los de la II República, teníamos en el Gobierno un Ministerio de Instrucción Pública. El término instrucción sugería transmisión (hoy diríamos comunicación) sistemática de ideas, conocimientos y doctrinas científicas y humanísticas. Aquella denominación le daba un sentido de neutralidad a la tarea docente.
Con la Dictadura de Franco se adopta una nomenclatura mucho más tendenciosa, Ministerio de Educación Nacional. Aquí ya se habla de educar, que tiene un sentido mucho más explícito de dirigir, encaminar, conducir. Si a eso le añadieron los ideólogos del Régimen el término nacional, no significaba más que una apropiación de la educación por los nacionales. (Recuérdese la asignatura de Formación del Espíritu Nacional que soportamos varias generaciones durante todo el bachillerato). En los últimos años del franquismo, se desprendió la coletilla nacional y se añadió la más neutral y tecnocrática de y Ciencia.
Durante el actual periodo democrático no nos hemos desprendido del término Educación, que ahí sigue con sus ínfulas de conducción o conductismo, por atenernos a la doctrina, sin apenas sentido crítico.
De todo lo que va por delante el lector ocasional ya ha podido sacar una conclusión, que un servidor no es nada partidario de la denominación ministerial actual, heredada del franquismo. Tampoco hoy la instrucción es un término muy válido, ya que se confunde con un trámite administrativo o judicial o con una orden.
Me inclino porque el ministerio de titule de Enseñanza, que me parece ideológicamente neutral y que tiene todo el sentido cuando en el propio desempeño de los estudiantes están acuñados los términos de enseñanza infantil, enseñanza primaria, enseñanza secundaria.
Ese cambio de rótulo administrativo, ¿soluciona alguno de los problemas irresueltos? En absoluto. El debate sobre el rol del Estado y de las familias en la enseñanza debe producirse en todo caso. Pero sí permite, a mi juicio,
deslindar el terreno. Una cosa es enseñar y otra cosa es educar. Una cosa es inculcar conocimientos y otra cosa es promover conductas, doctrinas y maneras.
Ánimo, debatan, antes de hacer nuevas reformas, por favor. Que ya va siendo hora de concluir un conflicto sordo e incivil.
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