Hubo un tiempo en el que las ideologías eran perfectamente identificables, lineales y claras. Había un liberalismo que ponía al individuo por delante del colectivo; había un socialismo que predicaba el colectivismo frente a la individualidad; había un comunismo que luchaba por la dictadura del proletariado; había un anarquismo que aventaba la libertad sin autoridad y luego había tiranos de una u otra ideología de partida, pero que derivaba en la interpretación única y la autoridad inequívoca para administrarla. Esquemáticamente era más o menos así y con ello íbamos tirando.
Con el paso del tiempo, las ideologías se han convertido en un mixtifori en el que aparecen los rasgos propiamente ideológicos junto a otros elementos que pertenecen al mundo de los sentimientos. Es lo que un cursi a la moda llamaría política emocional y lo que los populistas han dado en llamar política transversal, es decir, la que permite adaptarse a determinadas circunstancias, pero trata de mantener la impronta ideológica.
Qué quieren que les diga. Parafraseando al clásico, cada vez que oigo hablar de transversalidad me pongo en guardia, porque sé que tengo delante a un populista de izquierda o de derecha. Tener sentimientos está muy bien, aunque solo sea porque, aunque a veces pregonemos de alguien que no tiene sentimientos, lo que queremos decir es que son distintos o contrarios a los nuestros. Pero tenerlos, los tienen. Lo inquietante es embadurnar la ideología de sentimientos genéricos para disfrazarla de otra cosa, como esos soldados que se tiznan el rostro y se ponen zarzas en la cabeza para emboscarse.
Los sentimientos o si prefieren, lo emocional, en la política es un recurso muy poderoso y tiene el enorme potencial político de la mutación. La ideología, cualquiera de ellas, con su definición nos limita y nos ata. Si la salpimentamos de sentimientos, disponemos de una nueva cancha en la que dirimir las diferencias. Y esto es especialmente útil entre rivales cuyas ideologías de base son las mismas. Aquí tenemos a los conservadores y a los conservadores emocionales (populistas) que les dan la réplica y les han sacado de sus casillas y les resultan incómodos compañeros de viaje. Y tenemos a los progresistas y a los progresistas radicales (populistas) que mantienen diferencias insalvables, aunque los haya unido coyunturalmente el poder.
La sentimentalidad puede acabar (y de hecho lo hace) con la ideología y pasarle por encima como una pisonadora. También aquí tenemos ejemplos en los nacionalismos. Los diferentes partidos que compiten en el espectro catalán por la supremacía utilizan como arma el independentismo, que es un sentimiento de pertenencia y un sentimiento de superioridad identitaria, y dejan de lado la ideología, por difusa que fuera la de cada uno de ellos.
Todo estaba más claro para la gente cuando las ideologías se presentaban limpias de sentimentalismo y oportunismo. Los ciudadanos electores se han contagiado y eso explica, a mi entender, el enorme fraccionamiento de los votos. La perplejidad del electorado es fruto de la amalgama política con la que hemos empezado el siglo.
Como periodista, no me imagino ahora juzgando sentimientos.
Será porque yo mismo soy un sentimental.
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