Derechos, normas y globos

13/02/2020

Hernando F. Calleja.

Lo más irritante de los discursos del populismo de izquierda cogobernante es la supuesta capacidad para crear nuevos derechos o ampliar otros preexistentes. No se les caen de la boca las expresiones de distinto fuste y presentación que apuntan a la institucionalización de nuevos derechos, bien es verdad que sus formulaciones, por parciales y sesgadas, carecen del menor valor, ni siquiera dialéctico.

Confunden con la naturalidad de la ignorancia lo que es un derecho con la generación de normas que se dirigen a privilegiar a unos colectivos determinados con el natural perjuicio para otros colectivos que no están en sus oraciones. Mientras eran una panda, sonrojaban, pero no eran peligrosos. Ahora que han opositado con éxito a la casta y pueden firmar en el BOE, la cosa tiene otro cariz.

En este delirio por inventarse derechos (más les valiera leer, por ejemplo, a Elías Díaz, intelectual, por otra parte, muy de su cuerda) he oído a un diputado perorar sobre la necesidad de ampliar el derecho a la salud, que, como todos sabemos, es un derecho exigible en el juzgado y que inexplicablemente no se ejercita por los miles de griposos que estos días consumen klinex y toda suerte de brebajes.

Superando lo anecdótico, la aberrante alianza de la socialdemocracia (eso entendemos que es el PSOE) con estos populistas de bluejeans, nos deja huérfanos de una cultura de los derechos humanos que ha transitado todo el siglo XX de la mano del pensamiento liberal.

Estos fabricantes de derechos a la carta, ¿qué es lo que pretenden en realidad? Como toda corriente de base totalitaria, a lo que aspiran instituyendo nuevos derechos o inflando los que suponen que están demediados, es a que las normas que ellos establezcan adquieran un rango jurídico superior al de su capacidad de legislar, de tal suerte que, cuando llegue la desdicha de la pérdida del poder, esas normas, convertidas en derechos objetivos, sean inamovibles, irrevocables.

En realidad se trata de hacer constitución sobre la marcha, de fijar normas que perpetúen la eficacia de su paso por el Gobierno, haciendo creer a la opinión pública que son derechos irrenunciables e imprescriptibles, aun cuando en su proceso normativo nada haya indicado esa permanencia.

No se puede ser optimista en el corto plazo. La debilidad intrínseca del presidente del Gobierno ante los populistas que le han elevado al solio monclovita y, lo que es mucho peor, la pérdida de las referencias ideológicas del PSOE bajo la férula de Sánchez, en olvido y desprecio de su tradición más que secular, no permiten albergar esperanzas sobre la deriva de este Gabinete troceado, con zonas de ejercicio exclusivo y con hipotecas cuyo alcance vamos conociendo poco a poco, como la presencia de Iglesias (defensor de un ilusorio derecho de autodeterminación) en la mesa con políticos de Cataluña o la inconsistencia de las posiciones sobre la dictadura venezolana.

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