Verdes campiñas

20/02/2020

J.M. Miner Liceaga.

A nuestros queridos representantes políticos parecen interesarles más las verdes campiñas venezolanas que las lugareñas. De otra manera no se entiende muy bien que hace unos días, buena parte de nuestros queridos diputados -la mayor parte de derechas- abandonaran sus respectivos escaños para retirarse, se supone, a sus también respectivos despachos para reflexionar, seriamente por supuesto, sobre, por ejemplo, una ley de precios o sobre la cadena alimentaria o sobre que especie de hortaliza iban a almorzar ese día…

Los nubarrones que parecen asomar sobre nuestras verdes campiñas son, de momento, la disminución porcentual de las ayudas comunitarias, por un lado, y por otro, para ennegrecer un poco más el panorama, la posible subida del carburante agrícola…

La pelea, ahora que los tractores han salido a las calles y a las carreteras, parece estar en el reparto equitativo de lo que se supone el pastel agrícola e incluso agrario. Desde las organizaciones agrarias o al menos por parte de alguna de ellas, se habla de terceras partes. Un tercio para el agricultor, otro porcentaje igual para la industria y el restante para la distribución. El 1% restante, para gastos varios.

Mas, ¿quién pone el cascabel al gato? Un acuerdo de esta naturaleza no se alcanza con un par de reuniones, incluido el relator internacional que de fe de lo que se acuerde. El campo español está atomizado en muy buena media. Las cosechas se compran en árbol o en tierra -perdonen si la expresión no es correcta- y, por lógica, el pez grande se come al chico con facilidad pasmosa. El individualismo de nuestros agricultores es ancestral y aunque se ha avanzado mucho en el tema del cooperativismo, estamos casi a años luz de lo que podría ser una entidad con el suficiente peso específico para tender al equilibrio en la cuestión de los precios, causa esta última de que se dejen cosechas sin recoger, se pierda el interés por el campo, y se produzca la dispersión de los posibles jóvenes agricultores a la gran ciudad en detrimento del mundo rural.

No parece fácil la solución. La más grande cooperativa agroalimentaria  europea presenta cifras de negocio en torno a los cien mil millones de euros. Las cooperativas agrarias españolas, que también las hay, y en número aproximado de 4.000, no aparecen en los puestos destacados de la clasificación, aunque media docena de ellas figura entre las cien más importantes de Europa. La más relevante, según lo leído, llega a los mil millones de euros de negocio…

El trabajo, el esfuerzo, la intencionalidad de producir cada vez más productos ecológicos, la lucha contra los elementos, la sabiduría natural de nuestros agricultores… deberían sin duda ser recompensados desde las instancias gubernamentales y con permiso de Bruselas.

Tal vez ha llegado el momento de pensar menos en el individualismo y más en la cooperación. Modelos hay y de sobra en el panorama agroalimentario europeo. Lo que de alguna manera puede ser motivo de admiración es que siendo como somos -en muy buena parte- la despensa de los productos hortofrutícolas de Europa, no seamos capaces de armonizar los intereses de esos tres elementos, agricultor, industria y distribución, tanto en el plano nacional como en el resto de Europa.

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