¿Feminismo o activismo desquiciado?

24/02/2020

Carmela Díaz.

La defensa de la igualdad y de los derechos de la mujer es una lucha sagrada, intocable, necesaria. Pero en nombre del feminismo y a su sombra, ha crecido un activismo extravagante alejado de su razón de ser. Las reclamaciones legítimas han evolucionado hacia una lucha de sexos, una batalla descontrolada contra los varones por el mero hecho de serlo, un movimiento antihombres llevado a extremismos injustificables.

Ya no se trata de una reivindicación ni de una cuestión legítima: sostenemos con nuestros impuestos organizaciones y lobbies que hacen del victimismo su negocio. Se subvenciona con dinero público la manipulación emocional y la creación de viveros ideológicos que multiplican votos al que los patrocina. Y cada vez más iluminados hacen del activismo una forma de vida. La política se adentra en ámbitos íntimos con el objetivo de controlar hasta los gustos, voluntades y capacidad de discernir de sus potenciales votantes: estética, higiene, sexualidad, moda, relaciones… Se pretende imponer el pensamiento único mientras se criminalizan las opiniones diferentes que discrepan del ideario dominante.

La antaño revolución de la izquierda ha evolucionado de una lucha de clases a una lucha de sexos sustentada en un pilar básico: la toxicidad masculina como doctrina y la heterosexualidad como herramienta de opresión, obviando que la orientación sexual es una opción y que cada cual elige lo que siente o le apetece. Los indeseables existen porque la maldad es implícita al género humano; pero la perversidad se manifiesta en todos los géneros, colores, edades y condiciones. Colgar la etiqueta continua de machistas, misóginos, acosadores, violadores y maltratadores a todo lo masculino es una injusticia además de una aberración.

Las proclamas permanentes, las controversias y las arengas circenses son una tendencia al alza en esta marea de renovación que tiene lugar en todo el planeta; porque este dislate se consolida únicamente en España, se trata de una tendencia global: cuanto más provocativo es el espectáculo más visibilidad mediática, más popularidad y más ruido genera en redes sociales. El modelo performance garantiza trending topics; si va acompañado de exhibicionismo corporal puede acaparar titulares. Pero estos espectáculos disparatados confunden al espectador; para muchos denigran lo que significó el feminismo en su origen y menosprecian la valía, dignidad e integridad de las mujeres. Ese afán reivindicativo por fulminar todo lo establecido se nos está yendo de las manos hasta el punto de regalar excesiva cobertura a la estupidez.

¿Por qué el feminismo contemporáneo se centra en el espectáculo y en la autocomplacencia, pero no en los asuntos capitales? Aunque los avances de las mujeres son incontables e incuestionables, la igualdad todavía no es plena. En los países islámicos y en otros tantos en vías de desarrollo, la discriminación y la falta de libertades es la realidad diaria. En la propia España del siglo XXI hay que combatir el maltrato, fulminar el techo de cristal en las cúpulas de poder y conseguir la conciliación. Estos objetivos son las que requieren el foco por parte de todas y una implicación efectiva de las instituciones públicas. Inquieta el feminismo subvencionado y la superioridad moral sermoneada desde púlpitos ideológicos, pero son admirables las mujeres ejemplares que predican con hechos.

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