Pensemos lo que pensemos, la crisis del coronavirus nos ha traído el miedo a todos los ámbitos. Las Bolsas están en caída en picado con los inversores en franca retirada, las previsiones macroeconómicas de los organismos nacionales e internaciones se están revisando a la baja y en lo que nos afecta directamente como ciudadanos, nos ha entrado el miedo en el cuerpo cada vez que tenemos que ir a la compra, al médico, a la calle o a cualquier lugar concurrido donde a alguna persona se le escape un estornudo.
Por una revisión médica me he pasado media mañana en un hospital de Madrid con cerca de 50 personas esperando para hacerse una analítica y cada vez que alguien estornudaba -y hubo muchos que estornudaron, incluida yo- todo el mundo fijaba su mirada sobre la persona para descubrir si había algo más que ese estornudo, e intentaba contener la respiración todo lo que podía… por si acaso. Eso sí, no he visto a nadie con mascarilla, un producto agotado en las farmacias, aunque me he encontrado una abandanoda en el suelo de un pasillo.
El miedo es libre y ni a los inversores ni a los ciudanos que no invierten les vale que le digan que no hay que ser arlamista y dejarse llevar por el pánico. De momento, con el control demostrado por las autoridades de los 50 países, a los que ya ha llegado el coronavirus y donde se suman por miles los muertos y afectados, no es para que nos podamos sentir tranquilos porque la única solución que esperamos es oir que ya se tiene vacuna contra ‘SARS-CoV-2’ y que el número de muertos e infectados ha comenzado a remitir. Pero de momento todo va en aumento: muertos, afectados y países.
Los expertos más aventurados nos dicen que hasta abril no va a remitir el proceso de contagio y los más pesimistas nos aseguran que tardarán un año en encontrar una vacuna. Pero miren ustedes, si lo que a simple vista son síntomas de un catarro o una gripe que avanza hasta convertirse en neumonía, cómo no vamos a asustarnos. Poco nos dicen del origen de esa epidemia, que la OMS se resiste en declarar pandemia, y sobre este punto empezamos al ser mal pensados al imaginar las presiones de los dirigientes políticos sobre el organismo internacional, que deben de ser de órdago, para evitar que entremos en pánico en todo el planeta.
Sabemos que otras enfermedades contagiosas a gran escala tuvieron sus orígenes en animales como las gallinas, las vacas o los cerdos, animales muy comunes en todo el planeta, pero cómo vamos a creernos que el «pangolín» es el culpable, cuando a muchos ciudadanos de fuera de China ni les sonaba y no sabían ni cómo era. Estamos en plena globalización, así que nos intentan convencer que el flujo migratorio que se produce en cada celebración del año chino ha sido el modo de expandirlo. Pero qué ha ocurrido en los casos de Italia donde alguno de los afectados no ha tenido ningún tipo de contacto con personas de la región china de Wuhan o incluso en España.
Son todas esas sombras las que nos hacen dudar, pese a que nos digan -y lo sabemos- que España cuenta con uno de los sistemas sanitarios más competentes del planeta. Hay muchas incógnitas por desvelar para que nos podamos sentir tranquilos. Así que sin ser alarmistas debemos ser precavidos, porque ya saben el dicho «más vale prevenir que curar», cuando además se trata de una enfermedad contagiosa que nos puede llevar a la muerte. Esperemos que nuestras dudas y sombras nos las respondan pronto.
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