Coronavirus: el contagio de la globalización

04/03/2020

José María Triper.

En paralelo al crecimiento de la alerta sanitaria, la evolución de la epidemia del coronavirus, o COVID-19 como se le denomina oficialmente, los organismos internacionales, las agencias de rating y los analistas financieros han extendido una alerta económica que nos aboca irremediablemente a una recesión más dura aún que la que se venía anunciando antes del conocimiento de la enfermedad.

Desde la OCDE se anuncia ya que la epidemia del coronavirus restará medio punto al crecimiento de la economía mundial, quedando en sólo un 2,4 por ciento en 2020, con caídas de ocho décimas en el PIB de China y una en el de EE UU, al tiempo que coloca a Europa al borde de la recesión.

Una recesión que Goldman Sachs asegura ya en Italia, coloca a Alemania en los umbrales de la misma, mientras que rebaja en cinco décimas, hasta el 1,3 por ciento, el crecimiento de la economía española con las dramáticas consecuencias que tan exiguo avance puede tener para el empleo. Hasta tal punto se ha extendido el pánico que los bancos centrales han avanzado ya su predisposición a intervenir, empezando por esa rebaja de medio punto en los tipos de interés anunciada por la Reserva Federal (FED) estadounidense, a la que se apunta también el Banco Central Europeo (BCE), acompañada posiblemente por nuevas inyecciones de liquidez.

Pero a diferencia de lo ocurrido en la crisis de 2008, estos estímulos de la política monetaria no tendrán el efecto curativo de entonces, y serán únicamente paliativos, a la espera de la normalización del problema sanitario.

El efecto diferencial de esta epidemia de este COVID-19 con respecto a otras pandemias anteriores es que en una economía globalizada el problema de un país afecta directamente a otros, un aspecto clave en la producción de bienes donde los insumos de determinadas economías pueden paralizar la actividad otros muchos estados con los que se interrelacionan. Es decir, si antes la paralización o disminución significativa en la producción de bienes de cualquier clase utilizados para fabricar otros bienes afectaba sólo a un país o a una región, hoy puede arrastrar al mundo.

Esta evidencia, que se contemplaba en el plano teórico pero que la extensión del coronavirus ha bajado al terreno de la realidad, debería llevar a las economías desarrolladas a replantearse el actual modelo de autonomía y dependencia en el suministro de materias primas. ¿Ha sido sensato depender mayoritariamente de China seducidos por una economía dirigida con mano de obra barata, mínimos derechos sociales y precios bajos? ¿No ha llegado el momento de aprovisionarse más en África o América Latina y, en el caso de España, apostar por una relocalización industrial hacia la cuenca del Mediterráneo?

Son estas cuestiones para una reflexión que deberían estar haciendo ya quienes tienen capacidad de influencia o actuación sobre las decisiones económicas. Porque, como ha ocurrido siempre en la historia las crisis financieras suelen venir precedidas de acontecimientos predecibles pero inesperados para esa pléyade de burócratas que dirigen y pueblan los despachos de las instituciones y organismos multilaterales y que sólo saben predecir a posteriori y no siempre con acierto. Funcionarios bien pagados que planifican en las musas pero que nunca bajan al teatro y que, una vez más, se han visto sorprendidos y desbordados. Ocurrió con las hipotecas basura o subprime, y está ocurriendo ahora por el contagio de la globalización.

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