Palabra de honor que pensaba escribir sobre la nueva crisis de refugiados en el Mediterráneo oriental y de la mala suerte que supone para Europa tener un veleidoso autócrata en Turquía, que lo mismo se sienta en la OTAN que firma tratados con otro autócrata (este ya divinizado) como Putin. Pero un pensamiento recurrente me repercute en la cabeza desde hace horas. Me machaca la palabra borracha.
Si mi opinión sobre algunos miembros del Gobierno está a kilómetros de distancia de lo que significa la alta jerarquía de un ministerio o una vicepresidencia, desde hace unos días, a ese distanciamiento se ha unido la repugnancia, la grima. El mismo asco, la misma repulsión que siento por los hombres que actúan con desdén, violencia y saña contra la mujer.
Hay personas que creen que el exceso es eficaz en política. Se llama propaganda (en su peor acepción) y puede que en algún caso y a corto plazo demuestre eficacia. Pero lo habitual es que los excesos se paguen y ojalá lo sea y pronto con la ministra cuyo nombre me niego a pronunciar.
“…a mis compañeras hermosos cantos cantaré yo ahora para alegrarlas…”, nos dejó escrito Safo de Lesbos hace dos mil seiscientos de años. La ministra inane acaso no ha leído ni un verso de ella. Pero alguna de sus múltiples asesoras podía haberle sugerido algo tan hermoso como este verso para la pancarta, en vez de la indignidad de colocar la borrachera como bandera de la joven sola que quiere llegar indemne a casa.
“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la razón de lo mismo que culpáis”. Si las torpes consejeras de la ministra preferían la sorna inteligente, el sarcasmo, tienen ahí, para sus cánticos, a Sor Juana Inés de la Cruz, con trescientos cincuenta años de feminismo militante más que ellas. Hasta me atrevo a recomendarlas que lo hagan con la marchosa música que le han puesto Juan Valderrama y Rubén Levaniegos, en el disco Mujeres de carne y verso.
Y si lo que querían era un alegato más duro, más intenso, estas recién llegadas al feminismo burgués podrían avanzar por la Gran Vía con la leyenda “No quiero que los besos se paguen, ni la sangre se venda, ni se compre la brisa, ni se alquile el aliento…” de la inmensa Ángela Figuera Aymerich, que escribía esto en pleno franquismo, jugándose lo poco que le dejaron.
La tropa de la borracha no sabe cuánto daño producen a la causa de la mujer. Estas feministas de guardarropía son capaces de hacer retroceder la igualdad necesaria hasta cien años atrás, con su borrachera de poder.
(Por quienes habéis sufrido, por quienes habéis muerto, por quienes habéis perdido la fe en vosotras mismas por la mano del hombre).
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