El dictador que interpreta mejor que nadie

20/03/2020

Miguel Ángel Valero. Juan Eslava Galán recurre en "La tentación del Caudillo" a la técnica de la "historia novelada" para describir el juego del ratón y del gato que tuvo a España al borde de entrar en la II Guerra Mundial de la mano de Hitler.

«La tentación del Caudillo. Nueve meses que no estremecieron al mundo» (Planeta, 795 páginas), la última obra de Juan Eslava Galán, es una demostración del acierto de la frase de Lucien Febvre en «Combates por la historia» (libro publicado, por cierto, el mismo año de la muerte del dictador Franco, en 1975) y que abre la novela: «La gran cualidad del historiador es la imaginación».

Doctor en Letras, Juan Eslava Galán combina los ensayos (entre ellos, «Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie», y «La segunda guerra mundial contada para escépticos»), con las novelas («En busca del unicornio», Premio Planeta de 1987). «La tentación del Caudillo», pese a su advertencia preliminar («Este libro es una historia novelada. Cualquier coincidencia con la realidad de nombres, personajes o situaciones debe considerarse fortuita») es una combinación de ambos géneros.

Esta «historia novelada» narra el pulso que se trajeron Hitler y Franco a cuenta de la entrada de España en la II Guerra Mundial, hasta desembocar en la famosa reunión en Hendaya; las maniobras británicas, con sobornos a generales españoles incluidos, y francesas (durante el vergonzoso mandato de Petain) para evitar que esa decisión se hiciera realidad.

Juan Eslava Galán mete en el cóctel hechos reales (o al menos verosímiles) con las andanzas de un capitán de la Legión, Francisco Welser, que se parece a Errol Flynn y que es el típico pícaro español, pero con idiomas. En la obra recupera un personaje inolvidable, el Chato Puertas, retrato fiel del buscavidas que tanto abunda en España y que siempre sabe estar junto al sol que más caliente, y su larga caravana de conquistas y queridas. Aparecen también Mersida, una especie de vidente marroquí que tiene mucho que ver con la baraka que al parecer acompañó a Franco toda su vida; y el tío de Welser, Raí, vividor made in Spain en París.

Desfilan por la novela personajes reales, hábilmente retratados: Hitler, Goering, Ribbentrop, Carmen Polo y sus inseparables collares (un gran acierto toda la trama en torno al talismán de los reyes de España, nada menos que enlazada con Salomón, y en la que el lector no sabe si hartarse a reír o a llorar), Serrano Suñer, el general Vigón, Churchill, Samuel Hoare (embajador británico en España, con la única misión de impedir su entrada en la guerra), Juan March, perejil en todas las salsas con su juego a varias bandas (en el que, como la banca en el casino, siempre gana), fray Justo Pérez de Urbel, Dionisio Ridruejo (del equipo de botafumeiro del dictador, aunque luego se cayó del caballo y trató de traer la democracia a España), Antonio Tovar, y muchos otros. Aparece hasta el Papa Pío XII, con un genial retrato: «sugeriría cierto parecido con Nosferatu si no fuera porque es el vicario de Dios en la Tierra».

Insuperable toda la narración de cómo surge el Valle de los Caídos, y de cómo se tomaban entonces las decisiones que afectaban a todos los españoles. Y lo bien que se describe la hambruna y la miseria de la España surgida del 18 de julio de 1936, con su ralea de políticos, militares, supervivientes, estraperlistas, trepas, conseguidores, chanchulleros, chaqueteros, pervertidos, y siempre carne fresca femenina (por muy machista que pueda parecer el término): «los desfavorecidos buscando con qué matar el hambre, los favorecidos alabando a Dios y al Caudillo que no nos dejan de su mano».

Juan Eslava Galán retrata magistralmente el Madrid de la primera posguerra, nos enseña cómo se vivía en El Pardo, el Casino Militar, Marruecos, la residencia de Hitler en los Alpes, la Cancillería de Berlín, la finca lacustre donde Goering cría un león, y sobre todo el París ocupado por los nazis y las miserias del colaboracionismo.

Todo esto y mucho más en una historia novelada que muestra un Franco que «muchas lecturas no tendrá», pero que «en su galleguez, a menudo interpreta las señales mejor que nadie», No en vano consiguió dominar España durante casi 40 años y morir en la cama, no como sus admirados Hitler o Mussolini.

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