Andaba Pedro Sánchez preocupado por las caceroladas populares para pedir su dimisión, por las duras críticas de la opinión publicada y de las redes sociales a la gestión de la crisis sanitaria y por la pérdida de votos que reflejan las encuestas cuando el gran gurú de Presidencia, el todopoderoso Iván Redondo, le instó a rememorar la Transición y resucitar los Pactos de La Moncloa. Esos históricos acuerdos de actuación jurídica y política y de saneamiento y reforma de la economía que, a instancias el entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, firmaron en octubre de 1977 los principales partidos políticos con representación parlamentaria, con el apoyo de los agentes sociales.
Una ocurrencia la de Iván con la que pretendía conseguir un triple objetivo: corresponsabilizar a la oposición y a los agentes sociales de la gestión de la crisis sanitaria, involucrarles en las decisiones económicas y ganar tiempo para mantenerse en el poder el mayor tiempo posible y sin ceder a las peticiones de un gobierno de concentración. Y la estrategia parecía acertada desde el punto de vista de los intereses del jefe del Gobierno si no fuera porque hoy, aquí y ahora, la reedición de aquellos pactos se antoja una misión imposible.
Ni las circunstancias son las de entonces, ni los dirigentes políticos y sociales son los mismos. Los actores del gran acuerdo de 1977 tenían muy claros los objetivos y las soluciones. Y, lo más importante había una voluntad de acuerdo, colaboración, superación de las ideologías y renuncia que hoy ni están ni se esperan. Empezando por el propio Pedro Sánchez que hasta ahora ha mostrado un rechazo frontal a dialogar con la oposición a la que sólo ha llamado para anunciarle de las decisiones ya tomadas y pedirle un apoyo incondicional.
Y ocurre también que para la oposición de centroderecha Sánchez no es de fiar y menos aún su vicepresidente segundo que, mientras el ala socialista del Ejecutivo difunde el nuevo Evangelio de los pactos por doquier, la rama morada los está boicoteando desde dentro. Es por eso que para la formalización de esos acuerdos es requisito ineludible la salida de Iglesias y Podemos del Gobierno. “Con Podemos no hay pactos que valgan”, han dicho ya desde la dirección del Partido Popular, opinión que comparten también destacadas voces de la vieja guardia del PSOE que proclaman a quien quiere oír “que Pablo Iglesias es un obstáculo porque no inspira confianza”.
En Moncloa son conscientes de que si se rompe la coalición Podemos se echa al monte y eso no sería obstáculo si se consigue el respaldo de todos los demás a un gobierno monocolor del PSOE con Sánchez como presidente -sabido es que muchos de los ministros socialistas están hartos de sus colegas podemitas- pero el problema es que en el Ejecutivo también tienen muy claro que no van a contar con el apoyo de todos los demás.
Casado va a condicionar los pactos para hacerlos imposibles. Ciudadanos se apunta con reparos. Con Vox no se cuenta. El PNV los respaldaría siempre que afecten sólo a materias económicas y sociales. Mientras que los separatistas catalanes los boicotearán porque dificultan su hoja de ruta y están en el cuanto peor mejor.
Y, desde los agentes sociales los empresarios si los quieren, pero exigen la renuncia a “aventuras populistas” y aplicar otras medidas con más rigor presupuestario y ortodoxia económica”, algo que no gusta a los sindicatos que en privado y en voz baja admiten que temen esos pactos y los dificultarán porque ven un intento de recurrir a “las soluciones de la derecha.” Pues eso, misión imposible y con el inconveniente de que Pedro Sánchez no es Tom Cruise y de que nos enfrentamos a una grave realidad, no a la ficción y nos la jugamos todos.
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